El asalto a la razón

Le preguntan la hora y da el clima


Si ante el recrudecimiento de la peste Hugo López-Gatell no hubiera centrado su desaseada “estrategia” en la machacona frase “quédate en casa”, habría ido y vuelto de Zipolite sin tener que dar explicaciones porque, como bien dijo el lunes, hizo el viaje “como podría ir a casa de un familiar aquí” (en Ciudad de México).

El problema es que después de casi un año de dar tumbos con predicciones fallidas y semáforos ilusorios; de comportarse más como político incondicional y lambiscón del Presidente que como científico, se exhibió sin cubrebocas ni sana distancia con otros pasajeros hablando por teléfono dentro de un avión, y pocos días después en un restaurante playero.

Le incomoda que se le observe con lupa, pero debiera ofenderse si los periodistas ignoráramos cuanto dice y hace, pues tiene a su cargo las acciones federales contra la pandemia.

Es ridículo que a los reporteros y medios les atribuya propósitos electorales cuando le preguntan y critican, en vez de replicar con argumentos acordes a su responsabilidad.

Del incidente Zipolite, intenta justificarse con razonamientos de corte sanitario que son aplicables a cualquiera menos a él:

“Efectivamente fui a la costa de Oaxaca, a la región de Pochutla, al municipio de San Pedro Pochutla. ‘Es un sitio hermoso, con una población muy generosa, muy benévola’ (gran, gran breviario turístico, gracias por el tip), y fui a visitar a familiares muy cercanos, a personas muy amigas, y estuvimos en una casa particular durante los días de fin de año. Llegué, me recluí en la casa; un día salimos a consumir alimentos, no a pachanguear. Es ‘prácticamente’ absurdo que ‘piensen que va a usar uno cubrebocas’ cuando consume alimentos…”.

¿Habrá quien piense tal pendejada?

Los reproches a su viaje nada tienen que ver con su salud personal ni de las personas con quienes convivió, sino por haber vacacionado (así fuera por dos o tres días) contra su exhorto al encierro de los demás mexicanos.

En buen castellano, se largó a divertir en plena emergencia sanitaria.

¿De qué sirve que nos recuerde la obviedad de que no se puede comer con la boca tapada o que en Oaxaca se permite la operación restaurantera porque, verborreico siempre, “las realidades no son ‘sincrónicas para el país”’?

No entiende ni quiere entender que se dio un gusto explicable en cualquier persona pero no en él.

En otros países (¿qué tal en Canadá, cuyo sistema de salud pública promete igualar en México el Presidente) despiden a los funcionarios clave de la administración pública que tomaron vacaciones en vez de permanecer en estado de alerta frente a la pandemia.

Con las debidas proporciones, me temo que López-Gatell habría intentado justificar que Napoleón, en la batalla de Austerlitz, se hubiera botado la puntada de hacer un viaje furtivo a la Costa Azul para dorarse el ombligo mientras sus oficiales y tropas se jugaban la existencia.

Ojalá que López Obrador se apiade de él y le financie un austero y juarista retiro en Zipolite.

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