Buen diseño sin mención

La autora es arquitecta, escritora, ilustradora y creadora de La Fábrica de Cuentos, Cuentos Personalizados.

Que les puedo decir...a veces uno siente que sobra...el espacio está lleno...voy a la cocina y mi hija me “saca”. Está con sus amigos preparando comida para su reunión. Me voy. Entro a mi recámara y está el partido de básquet en el minuto más emocionante y ahí están los varones de mi casa. Me voy. En la estancia me pide mi chiquita irme a otro lugar para que pueda bailar sus “Tik toks” sin que le apene mi presencia. Me voy. Entró a otro cuarto y mi hija grande me dice: “estoy hablando”...me voy. La sala está sola. Ahí me quedó y disfruto un café.

Me entra pánico pensar que he creado monstruos. Mi cabeza se llena de lo que oímos por todos lados: que hemos empoderado a esta generación de jóvenes y niños...y me asusto, cuando yo debería entrar a donde sea con mi bandera en alto por ser la madre, la autoridad.

Y no es que quiera taparme los oídos, y no creer o aceptar lo que se oye...o reprobar a mí o a ellos, pues algo me dice que lo he hecho bien, y ellos también ahí la llevan. Quiero creer que siempre ahí he estado. Solo que, están creciendo.

Mientras deambuló de un lugar a otro, veo la puerta principal por donde entré y ganas me dan de salirme, pues me doy cuenta que todos están en sus asuntos.

Cuando los hijos crecen a veces se siente que te desplazan.

Entonces, me dirijo mejor a mi propio espacio, en donde pinto, leo, escribo. A mis asuntos, pues yo también tengo los míos. Está bien, me digo...es bueno que cada uno sea independiente, autónomo.

Recuerdo aquel libro que alguna vez leí que describía la belleza de las iglesias, sus majestuosas torres, sus vitrales, los pedestales de santos...y en el capítulo final, sin haberlo mencionado antes, mencionan al arquitecto de esa iglesia. La idea, la planeación, la base, el diseño, fueron solo y nada más, obra de tal persona. En la iglesia, no lo recuerdan. Los feligreses solo suplican, rezan, agradecen...y sus plegarias y cantos retumban entre columnas, atraviesan cristales, vibran muy alto sin la más remota idea del sujeto. Mi mente se distrae pensando que a veces algo así sucede en casa. Pero en eso, en cuestión de minutos,... empiezo a escuchar los “mamás” al unísono. Como si uno tuviera oídos parabólicos. Como si las campanas de la iglesia sonaran en ensamble. Y me causa gracia cuando corre mi varón a chocar su mano con la mía porque su equipo ganó, con palabras de furor altisonantes que no sé donde aprendió. La que estaba en la cocina me trae un plato de pasta humeante. En vez de albahaca, tomillo le echó. La chiquita me pide ser su público al mostrarme su coreografía, un patito que en un abrir y cerrar de ojos en cisne se convirtió. La más grande me viene a platicar de su llamada, me pide consejo aunque tenga su opinión.

Está bien, me repito de nuevo. He construido sus espacios. Solo espero que sus vidas, sus voces y plegarias vibren alto, porque solo así creo que habré hecho un buen diseño, aunque no hagan mención.

Sepan pues, que al final de sus capítulos, en bold pondrán el nombre de una madre. Pero mientras crecen, dejémosles ser niños, luego jóvenes, luego adultos... solo imprégnenos sus espacios con amor y comprensión.

¡Feliz Día del niño!

La autora es arquitecta, escritora, ilustradora y creadora de La Fábrica de Cuentos, Cuentos Personalizados.

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