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Hasta quedar inmóvil con la mirada fija


(fragmento de novela del autor de esta columna)

Transcurrieron unos 20 minutos entre un ruido y otro, hasta que ya no se escucharon. Hubieran escrutado de dónde provenían los gritos ahogados, pero el hubiera no existe y la verdad, en lugares de paso como los moteles, es común y no podemos estar inspeccionando todo.

Adelante del cuarto número 15, salió el Jetta 1989 del profesor universitario con vidrios obscuros. Yo, Arturo Márquez, estaba de pie en la recepción de la puerta principal del aeropuerto: ¿qué
se le ofrece? Esos amigos de la camioneta buscan al jefe. Diles que ya van. El sobrino de Francisco se acercó al auto: ¿puedo hablar?

Claro, es mi tío, el ingeniero, de la familia. Comandante, dijo el delegado que nomás llegue a Hermosillo en el avión de las doce quiere su mochada del negocio de Guaymas. No hay problema, hecho.

¿Todo está bien?, gritó el vigilante César Collins en dirección a donde parecían oírse voces extrañas. Luego, como cada vez que se desocupaba un cuarto, fue a revisarlo, pero la pluma metálica no detuvo al carro porque eso se hacía solamente en el ingreso, no en la salida de los clientes.

Ya para qué, pensó el juez que recibía la declaración del recepcionista, pues faltando quince o veinte minutos para la una de la mañana, Gregorio abrió la puerta del baño y, al avanzar unos
pasos sobre la alfombra roja de la recámara ‘king Size’, miró sobre la cama a Daniel y Salvador abrazados.

Me acomodé en el sofá de cuero negro, como quien se dispone para disfrutar una película en el cine o en la sala de la casa y confiesa para indicar que no tenía mala fe aunque sí la tuviera.

En la alfombra dejé la navaja. Estaba irritado, casi colérico, pero no estaba nervioso. Las cervezas habían hecho su efecto en nosotros. Daniel me dijo que debería ser como al que le gustaban los
hombres. Si se vuelve a burlar de mí lo voy asustar con la navaja. ¿Quién de los dos se atreve? Tú no matas ni a una mosca.

Déjamelo a mí. Tú mantenlo hincado y distraído. Así fue el trato con la Muñeca. Por ella matamos a Daniel, quien al fin cayó cerca del carro; intentó levantarse, pero le pegué otros navajazos en
la espalda y piernas. Su cuerpo delgado y resbaladizo se resistía. Ya inmóvil, lo agarré por las axilas y lo arrastré hasta el baño.

Abrimos la llave de la regadera para que la sangre se fuera por el resumidero. Daniel todavía sigue con vida. Se nos quedó viendo y nos preguntaba: por qué lo hicieron. Le respondí que por lo que hacía con los hombres y por lo que decía del nuevo gobierno.

Le pedimos perdón y él abrió la boca jalando aire de forma desesperada, hasta que quedó inmóvil con la mirada fija.

El autor es profesor y escritor
silvestreuresti@hotmail.com

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