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Es común escuchar en conversaciones cotidianas expresiones típicas como: “yo no me meto en cuestiones políticas… todos los políticos son iguales… que no se metan los partidos…”.

Las frases arriba anotadas connotan lo que la gente piensa sobre los políticos.

El desprestigio de los partidos y políticos es un tema que se expresa en mayor o menor medida en varios países y que de alguna manera tiene efecto en el curso de la democracia en el mundo.

La edición de 2018 del estudio Latinobarómetro, que analiza la región de Latinoamérica, revela que el 16 % de la gente tiene confianza en el Gobierno y 11% en los partidos políticos.

Los datos informan que la satisfacción de los ciudadanos con la democracia es de 24% en Latinoamérica y referente a nuestro país sólo el 16% de los mexicanos dicen estar satisfechos.

En ese sentido, la credibilidad sobre los partidos y el Gobierno en México no es para presumir, sino todo lo contrario.

El desprestigio de las organizaciones políticas y los actores del sistema debilitan a la democracia.

Los resultados de una encuesta de Mitofsky sobre niveles de confianza en las instituciones en México indican que los partidos y diputados tienen una confianza de 5.4% y 5.3%, respectivamente.

Los índices de participación ciudadana en las elecciones no son datos para presumir.

Según la información proporcionada por el INE, en las elecciones de 2018 hubo en el país una participación del 63.4% de electores y en relación con Sonora hubo un 54%, siendo una de las entidades de menor índice.

Cabe aclarar que el pasado proceso electoral se eligió al Presidente de la República, siendo uno de los comicios de mayor convocatoria.

El desencanto que la población tiene de la política es inobjetable, así lo evidencian las encuestas sobre la evaluación de los actores de la vida pública.

El desprestigio proviene de los actos de corrupción de los funcionarios públicos que han hecho del ejercicio gubernamental una práctica de beneficio personal y de grupo.

En efecto, la corrupción no sólo afecta los recursos públicos para beneficio particular, sino también daña y merma la confianza de los ciudadanos en la política y en las instituciones.

Pero lo que más perjudica es la impunidad que solapa actos inmorales en la conducción de las instituciones públicas del país.

Cuando la corrupción se expande y los gobiernos no dan respuestas a los problemas sociales, reclamos y demandas de la sociedad, se genera un hartazgo en el ánimo de la opinión pública que puede dañar la democracia.

¿Cómo se puede perjudicar la democracia?

Con el surgimiento del populismo, sea de derecha o izquierda, cuyos protagonistas aprovechan el hartazgo de la gente y de la crisis de los políticos tradicionales.

La historia registra trayectorias de gobiernos populistas, que al minar la tolerancia y el pluralismo, atentan contra los valores y las reglas de la democracia.

El mejor antídoto para enfrentar el deterioro de la política es la ciudadanización para la gobernanza pública, con el fin de que algo tan importante para un país como es la política no quede en manos exclusiva de los políticos, y menos de mesías y redentores.

Licenciado en Comunicación y Maestro en Tecnología Educativa.
FB: @Soy Pepe Peralta

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