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El punto de no retorno: despenalicemos todas las drogas


El jueves pasado los senadores mexicanos aprobaron la legalización de la marihuana para uso recreativo, científico, médico e industrial. Esto, según los mismos legisladores, era un asunto que debió haber sido abordado “hace muchos años”.

El consenso general de los medios y de la población parece aprobar esto. Un país harto de la violencia ocasionada por la guerra contra el crimen organizado ve la despenalización del consumo y comercio de la marihuana como un paso en la dirección correcta para construir una sociedad más pacífica.

Puesto en una balanza, los males ocasionados por la prohibición son más dañinos que los causados por el consumo. México conoce mejor que la mayoría de los países como el dinero del narcotráfico corrompe la sociedad hasta su médula. Si se ve desde un punto de vista meramente económico y en términos literales, el rol del gobierno en la guerra contra las drogas ha sido el de proteger a los cárteles. No me refiero a la coalición ilegal que ocurre entre las organizaciones criminales y elementos dentro de la fuerza militar, policíaca y política, sino de un análisis básico de causa y efecto; En una economía de mercado, donde los productores y empresarios pueden vender cualquier producto, hay miles de importadores y exportadores. Cualquiera puede entrar al negocio. Pero aquí es muy difícil para una persona desde su capacidad individual empezar a comercializar drogas debido a los altísimos costos de las barreras de entrada y el riesgo impuesto por la ilegalidad de la venta. Entonces, los únicos que pueden sobrevivir en este negocio son las grandes organizaciones criminales que además de tener los medios financieros para la actividad, cuentan con las con la capacidad de explotar las relaciones ilícitas con los agentes dentro de los órganos legales. Entonces estos cárteles actúan con las estrategias violentas necesarias para permanecer operando como negocio a la costa de mexicanos buenos y decentes.

Esto ha empeorado a tal grado en el que la capacidad física de combatir al crimen organizado, el cual ve más de la mitad de sus ingresos provenir de la venta de drogas ilegales, ha sido puesta en duda a una escala internacional.

Todo esto nos lleva a vivir bajo un Estado incapaz de cumplir su función primordial: la protección de sus ciudadanos.

Hoy en día hablar de México, desafortunadamente, es hablar de narcotráfico. Las operaciones criminales están tan arraigadas en nuestra cultura, nuestra política y nuestra defensa que temo que hemos pasado el punto de no retorno. De hecho, hemos estado aquí ya por mucho tiempo.

Concuerdo con la visión de los legisladores y aplaudo la decisión por dar este primer paso, sin embargo considero que no basta solamente con la despenalización de la marihuana. Pienso que si la sociedad mexicana quiere ver una reducción drástica de la violencia y verse beneficiada por los ingresos de la venta de sustancias, se deberían de legalizar las drogas en general.

Esta no es una postura radical. Ya hay naciones como Uruguay, Portugal, Canadá y varios estados en los Estados Unidos que han tomado acciones concretas para liberalizar las drogas con resultados positivos: disminución de la violencia e ingresos para sus ciudadanos.

Está claro que todas las drogas son potencialmente dañinas para el cuerpo. Pero hoy en día, tras décadas de violencia y corrupción, está claro que el perjuicio social de prohibirlas es mayor.

Aún con mi creencia que esto acentuaría al principio el desgarre de la fábrica social en México, creo que los esfuerzos del Estado deberían de estar dirigidos para la prevención social, el tratamiento de los adictos y en dar las condiciones de mercados para que los ciudadanos nos veamos beneficiados del ingreso económico que ganaría el país.

Esta posibilidad sería el comienzo, el único posible, de dar una paz estable y verdadera.

Por Daniel Nicoletti
El autor cursa la Licenciatura de Economía en la Universidad de Sonora.

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