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Pensar antes de hablar


“Hasta al mejor cocinero se le queman los frijoles”, dice el refrán popular que puede aplicarse a cualquier contexto de la vida.

“El que se enoja, pierde”, es otro dicho que refiere a la importancia de controlar el temperamento y no ser presa de la ira.

Responder irritado y sin pensar sobre lo que se expresa puede meternos en un callejón sin salida y provocar una crisis que puede deteriorar la imagen personal.

Si el exabrupto no va más allá de cuatro paredes, el problema se queda en lo privado.

Pero si el improperio trasciende los muros de la privacidad y se extiende al espacio público, la dimensión es mayúscula de incalculables consecuencias.

Cuántas reputaciones de personajes públicos se han ido al cesto de la basura, por dejarse llevar por la cólera.

Cuando la persona se encuentra presa de la ira, las palabras se transforman en navajas que hieren cuyas heridas tardan en sanar o el perdón nunca llega.

El proverbio bíblico dice:

“Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada”.

La ira nubla la razón y cuántos espadazos han destruido familias, trabajos, trayectorias políticas y han cambiado la vida para mal.

El despropósito de una persona puede afectar la imagen de una organización o dañar la percepción sobre una marca comercial o política.

Nadie está exento de un desatino porque somos seres imperfectos y a cualquier individuo puede ocurrirle sin importar distingos de clase social, actividad o profesión.

La historia registra casos de deportistas que por un dislate han perdido contratos millonarios de publicidad, porque su mal comportamiento afectó la marca con la que tenía un contrato de promoción.

De igual manera funcionarios públicos que por un disparate ajeno a su representación se ven en la necesidad de renunciar al puesto porque ya no es digno de la función encomendada.

El desatino de una figura pública en la comunicación digital y redes sociales se transforma en un escándalo público difícil de controlar.

Es por ello que hay que ser cuidadosos con la social media porque un texto encolerizado en Facebook o una imprudencia en Twitter puede afectar para mal la imagen personal e institucional.

Un click furioso cargado de veneno puede destruir en un par de segundos la reputación que costó muchos años construir.

Un click puede marcar la diferencia de un antes y un después.

Los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales son armas de doble filo, como te pueden ayudar y posicionar favorablemente en la opinión pública, pueden destruir tu credibilidad por un improperio.

En la comunicación interpersonal como en las redes sociales no es aconsejable actuar con enojo, el comportamiento visceral nunca conduce a buen camino.

Nadie está exento de conflictos y diferendo en la vida; en la familia, el barrio, la escuela y el trabajo hay problemas.

Las situaciones no siempre resultan como se espera y algunas veces son adversas a nuestros propósitos.

Reaccionar con furor puede complicar aún más la situación.

Antes de hablar hay que pensar, eso puede marcar la diferencia.

El autor es Licenciado en Comunicación y Maestro en Tecnología Educativa.
FB. @SoyPepe Peralta

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