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Desde el exilio: Señas y gestos


La semana pasada fui a comprar fruta a un supermercado que está en la esquina de los bulevares Antonio Quiroga y J. García Morales, es un lugar agradable, muy limpio, los empleados son muy atentos, algunos de ellos tienen capacidades especiales y todos son muy eficientes en cada una de sus funciones.

Cuando fue mi turno de pagar en la caja 1, me atendió una muchacha muy amable, risueña. Por sus gestos y sus señas entendí que era muda. Encantadora, eficiente, y también, debo decirlo, muy guapa, de ese tipo de personas que creen en un mundo mejor. Cuando me despedí y la mire a los ojos, no pude evitar acordarme de Esther, una mujer de Culiacán.

A mediados de los años noventa, en la esquina de Granados y Rafael Buelna, en la colonia centro de Culiacán, estaba la tortillería Granito de Oro. Yo era adolescente y en esa época yo podía reparar casi cualquier cosa de las máquinas tortilladoras, pero ir a ese negocio era especial, ya que la empleada encargada de la máquina tenía problemas de lenguaje, se llamaba Esther. Era robusta, alta, imponente, de espalda ancha y de grandes brazos. Era muda y el único que entendía sus señas y gestos en cuestiones de la máquina era don Carmelo, mi papá.

Por eso, cuando llegábamos a la tortillería, mi papá y Esther tenían un ritual de lenguaje extraño sobre las fallas de la máquina.

Don Carmelo siempre le entendía, de manera que después de “hablar con ella” me decía qué falla tenía la máquina y eso era suficiente para mí para empezar a trabajar. Nunca supe cómo hacía para entenderle a Esther.

En una ocasión, ella apareció con un rasguño muy grande en el área de la ceja derecha y mi papá se le acercó para preguntarle sobre eso:

• ¿Qué te paso? – le preguntaba mientras le hacía señas sobre el rasguño en su cara.
Esther se apartó de la máquina y se llevó a mi papá a la parte de atrás del negocio, ella se puso en guardia y hacía movimientos con sus manos como si estuviera peleando.

• ¿Te peleaste? ¿te asaltaron? ¿quién te golpeo?

Ella hacía señas de negación y seguía con sus posturas extrañas. La solución de Esther fue soltar la verdad, sacó debajo de su blusa una máscara dorada de luchador y se la puso en su cabeza, colocó su pie izquierdo adelante y abrió las piernas, encorvó ligeramente la espalda, levantó y abrió sus brazos, estaba en guardia de pelea. Por los orificios de la máscara en la zona de los ojos salía una mirada desafiante, penetrante, era luchadora, de esas de lucha libre, como el Santo o como el Rey Misterio.

• ¡Ay, cabrona, eres luchadora! – Mi papá sonreía sorprendido.

La luchadora le hacía señas afirmando y al mismo tiempo que mostraba sus enormes bíceps y se ponía en guardia de lucha libre mientras sonreía de felicidad por contar su secreto. Tenía la sonrisa como esas personas que crean un mundo mejor.

Cuando volvíamos a ese lugar a trabajar, mi papá y Esther siempre tenían su ritual de señas y ella le explicaba sobre las técnicas de lucha.

Años después, la dueña de la tortillería falleció y los hijos cerraron el negocio. No volví a ver a Esther y nunca supe su nombre de luchadora.

Mientras salía del supermercado con mi fruta, me quedé pensando sobre cómo la memoria esconde y guarda recuerdos hermosos y valiosos que parecían olvidados. Espero recordar siempre a esas personas valiosas, de esas que creen y crean un mundo mejor.

El autor es odontólogo originario de Culiacán, Sinaloa.

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