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La Papelería Cajeme


Imagina que es domingo y son las 9 y media de la noche, estás dando cena apurada para acostar chamacos cuando tu bendición de 9 años te dice que mañana tiene que llevar un trabajito con 10 estampitas, 6 dibujos en cartulina y 2 figuras de plastilina en color amarillo canario y dos en azul rey.

Tratas de ocultar tu enojo y el párpado de tu ojo derecho empieza a temblar con esa angustia de padre responsable que no quiere que su hijo sea el único en no llevar la tarea.

En vez de soltarte llorando, te subes al carro y casi en automático te vas a la Papelería Cajeme, por la calle Yáñez, esquina con Oaxaca en el mero centro de la ciudad, porque sabes que ahí tu problema será resuelto.

Este lugar nació hace casi 40 años, en 1978, cuando Elva Guadalupe Sánchez Galván y Rosendo Pulido, oriundos de Cajeme, llegan a fincar su residencia en esa esquina.

El abogado y funcionario público, y su esposa Lupita, con la idea de dedicarse al hogar, pero siempre con ese espíritu emprendedor de buscar una entrada extra para la familia, finalmente se decidió que pondría una papelería.

Con algunas tablas y unas vitrinas, acompañado de un crédito de 40 mil pesos que les otorgó un conocido de Banca Serfin, comienza la aventura comprando hasta donde le alcanzó su primer inventario; pudo abrir a tiempo para empezar el ciclo escolar de aquel agosto de 1978, hizo volantes para repartirlos en la Unison y en lugares cercanos esperando a sus clientes.

Las ventas poco a poco empezaron a crecer, y a la par, el número de artículos y servicios que se ofrecían: muñecos de peluche, chocolates de todo tipo, regalos y hasta harina para pastel.

Pero lo que le dio ese gran auge y reconocimiento, es que abrían desde las 7 de la mañana y cerraban hasta las 10 de la noche de lunes a domingo, incluyendo días festivos.

Como cerrar a las 10 de la noche seguía dejando a desesperados padres de familia y a universitarios tocando la puerta, se decidió cerrar hasta las 12 de la noche.

– ¿Lupita cómo le haces? -, le preguntaban sus allegados. -Yo me voy a morir como los gallos, aquí en la pelea-, contestaba… y así fue.

Estas letras son un merecido homenaje póstumo a esa mujer que no fue vencida ni por las largas horas de trabajo, pues su negocio era algo que adoraba, tampoco fue vencida por la inseguridad, pues en una ocasión fue asaltada a punta de pistola, o los cientos de otros obstáculos que enfrentan los empresarios, sólo la enfermedad alejó a Doña Lupita del mostrador, pero dejando un ejemplo de dedicación y trabajo.

El autor es miembro fundador de la Sociedad de Parrilleros de Sonora.

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