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El tren que no volvió


Hace 22 años, los mexicanos perdimos una opción de transporte que tenía al menos 100 años al servicio de la población.

Me refiero a los trenes de pasajeros que, a lo largo de la geografía nacional, comunicaban desde las poblaciones más humildes, hasta las grandes capitales de estados, y desde luego, a la Ciudad de México.

Viajar en tren fue algo habitual para generaciones de mexicanos; ya sea en un austero vagón de segunda clase o en el más cómodo dormitorio, los viajeros tenían la oportunidad de un recorrido que significaba conocer varias culturas en el trayecto.

La red ferroviaria mexicana fue de las más importantes del mundo a finales del Siglo XIX, ya que abarcaba tramos hacia los cuatro puntos cardinales.

Los mexicanos, hasta los años 50 del siglo pasado, podían viajar en tren desde la capital del país, hasta Nueva York y Chicago, ya que el servicio de pasajeros conectaba en Nuevo Laredo, con los ferrocarriles estadounidenses.

Las grandes capitales de México estaban conectadas a través de trenes con todas las comodidades.

De Guadalajara a México, corrió hasta 1997, el tren “Pullman de México”, posteriormente conocido como “El Tapatío” que arrastraba al menos 16 carros entre dormitorios, comedor, bar observatorio y primera especial; a Monterrey, corría “El Regiomontano”, a Veracruz se llegaba a bordo de “El Jarocho” y hacia el Noroeste, el viaje se llevaba a cabo en “El Costeño”, desde Guadalajara hasta Nogales, Sonora, con conexión al Southern Pacific para llegar hasta Los Ángeles, California; posteriormente a este tren se llamó “La Bala” al incluir equipo rodante de primera especial, proveniente de Japón.

El tren de pasajeros siempre tuvo un propósito, más de función social, que un negocio en sí.

Las empresas que operaban las líneas férreas se manejaban de forma independiente en 1937, cuando comenzó la nacionalización bajo la presidencia del general Lázaro Cárdenas.

Surgiendo de esa manera, los Ferrocarriles del Pacífico, Sonora, Baja California, Unidos del Sureste y Nacionales de México.

Los servicios de segunda clase daban atención a la más modesta localidad que se encontraba junto a las vías.

En esas escalas, los locales aprovechaban para vender comida, artesanías y hasta licor a los pasajeros.

Viajar de Hermosillo a Guadalajara, significaba que, al amanecer, después de la noche en la que se abordó el tren, podríamos disfrutar del desayuno antes de llegar a Mazatlán y observar, desde la ventanilla del carro comedor, cómo las olas rompían en la playa a pocos metros de la vía.

Los trenes de pasajeros comenzaron a venir a menos a partir de la mitad de la década de los 90.

Los servicios comenzaron a suprimirse, solamente se dejaron las rutas con más densidad de pasaje, pero ya sin carros-dormitorio y comedores.

La decadencia se sumó a la falta de seguridad, ya que el equipo rodante carecía de mantenimiento, los otrora lujosos carros de primera especial, habían sido degradados en su categoría.

El fin llegó en febrero de 1998, los trenes se quedaron en los andenes y después se fueron a la chatarra al comenzar la privatización del sistema ferroviario nacional.

El autor es productor de radio y televisión.
danielriosromero@gmail.com

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