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Cómo mentir con las estadísticas


Cuando estudiaba la carrera de Comunicación me impartió clases el ingeniero Luis López Salazar ‘El Güicho’.

Su clase era de estadística y aprendí con él a leer las gráficas y analizar el contexto general.

En posgrado, el maestro Horacio Soria nos invitó a leer el libro de Darrel Huff: How to lie with statistics.

Ambos maestros rigurosos en la enseñanza de los números me enseñaron que se puede mentir con la estadística para formar una opinión.

Para no caer en la tentación nos formaron en el método científico para realizar investigaciones que fueran representativas y aleatorias.

En 1954 Darrel Huff publicó: Cómo mentir con estadísticas, un libro que desmitifica la aparente sobriedad de los números.

Su libro es un manual sobre la manera en que se manipula la composición de las estadísticas; como la metodología, el tipo de muestra, el campo y demás elementos, incluida la publicación y presentación, pueden ser empleadas para engañar.

“El lenguaje secreto de las estadísticas, tan atrayente a una cultura que se basa en los hechos, se emplea para causar sensación, deformar, confundir y simplificar en demasía”, escribe Huff, y más adelante dice: “Una estadística bien presentada engaña, pero no revela la fuente del engaño”.

Y ese engaño, en muchas ocasiones para desprestigiar de manera intencional o producto de una falta absoluta de profesionalismo al exponer los datos, ocurre demasiado a menudo.
Como dice Huff:

“Los promedios y las relaciones, las tendencias y los gráficos no son siempre lo que parecen. Puede haber más de lo que se ve a simple vista y puede haber mucho menos”.

De modo que, querido lector, le pediré que piense, critique y desconfíe.

Contraste, busque siempre más información. Los números nunca son inocentes; las personas que los usan tampoco.

Toco el tema porque en la actualidad toda aprobación tiene que ver con un número.

Y podemos hacer investigaciones sesgadas que sean tomadas como válidas para generar una opinión, a favor o en contra, de un proyecto o acción.

Según un estudio de la Universidad de Sonora, un 53.4% de las estadísticas son inventadas.

¿Ven lo inteligente que sueno? (y no, ese dato no era real).

Inventar estadísticas es la forma más directa de engaño de la que hablaremos y es, lamentablemente, más común de lo que se pensaría, gracias al aura de “verdad” o “seriedad” que un porcentaje o un grupo de barras puede darle al mensaje que lo acompaña.

Uno de los ejemplos más notables por su impacto, y que afortunadamente fue desbaratado con rapidez, fue un tuit publicado cuando era candidato el presidente Donald Trump, donde decía que las estadísticas señalaban, entre otras cosas, que un 81% de los asesinatos de gente blanca era cometido por gente negra.

Una rápida consulta de las cifras oficiales del FBI arrojó que el porcentaje, en realidad, asciende a un 15% y que la supuesta “fuente”, la Oficina de Estadísticas Criminales de San Francisco, jamás ha existido.

Una estadística sólo tiene sentido cuando existe una base común que contextualice y le dé valor a los números que presenta.

Así, en un ejemplo más normal, si queremos demostrar una posible carencia de maestros, tomar el número total de profesores en Hermosillo y compararlo con el de Nogales no tiene mucho sentido porque, dado el tamaño de Hermosillo, es obvio que el número será mayor.

Mostrar, en cambio, el número de profesores por cada mil habitantes, sí nos permitiría visualizar de mejor forma el posible problema.

Los estadísticos aprendieron una valiosa lección en las elecciones presidenciales de EU en 1936, cuando los sondeos predecían una ajustada carrera, pero Franklin D. Roosevelt ganó con una victoria realmente aplastante.

En este caso, los encuestadores habían considerado para las muestras directorios telefónicos y listas de propietarios de coches, y habían llegado sin darse cuenta a una muestra desviada hacia un grupo socioeconómico relativamente acomodado.

Cualquiera que sea el método de contraste que los estadísticos adopten para realzar la credibilidad de sus hallazgos, sus resultados penetran en nuestras vidas. Los gobiernos justifican sus políticas de acuerdo con las estadísticas de criminalidad, inmigración, empleo y muchas más.

En la psicología experimental, emplean estadísticas cuando investigan la capacidad de percepción, memoria o atención.

Las investigaciones de mercado están constantemente preguntándonos sobre nuestras circunstancias y elecciones, y las respuestas justifican las grandes sumas de dinero de compañías comerciales que desean vendernos sus productos.

Las estadísticas a secas no prueban nada con una certeza desmedida y son capaces, en las manos equivocadas, de ser víctimas de abusos.

Sin embargo, la certeza casi nunca se alcanza en asuntos relacionados con el hombre, y en la práctica sólo podemos sacar conclusiones con una cierta probabilidad de que sean ciertas.

Con investigaciones estadísticas bien diseñadas, esperamos poner límites a la incertidumbre de la vida.

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