Si en Michoacán, cuando bloquearon hace dos meses las vías ferroviarias, el presidente Andrés Manuel López Obrador respondió rápido mandándoles dinero y, ante la negativa a levantar el bloqueo, llamó “conservadores y provocadores” a los de la CNTE, en la Ciudad de México, la semana pasada al presidente le bastaron dos días de movilizaciones y bloqueos de los maestros de la coordinadora, en las sedes de los diputados y senadores, para ordenar a su gabinete que se sentara y negociara de inmediato con el aguerrido magisterio disidente los términos de su reforma educativa.

Pareció como si el presidente hubiera visto venir un conflicto mayor y, antes que confrontarse nuevamente con la CNTE, especialmente en las calles de la CDMX, prefirió ceder en varios de los puntos que los maestros reclamaban del dictamen que Morena tenía listo para aprobarse en comisiones de la Cámara de Diputados.

Tuvieron que entrar los secretarios de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, y de Educación, Esteban Moctezuma, para acatar la instrucción precisa del presidente, mientras que los diputados de plano suspendieron el análisis de la minuta, atendiendo también a la invitación del presidente para suspender el proceso parlamentario porque “es mejor la paz y no puede haber una verdadera reforma sin los maestros”.

En realidad el presidente se molestó porque los diputados de Morena y la propia SEP le hicieron creer que ya estaba totalmente “planchado” el contenido de la reforma educativa con el magisterio y que la CNTE estaba de acuerdo con la redacción final.

Pero según comentan en Palacio Nacional, desde que ocurrieron los “Foros Educativos” organizados por Moctezuma Barragán, se dejaron pendientes temas que había observado la coordinadora y que representaban cerca del 20% del contenido total de la reforma y nadie le dio seguimiento a ese porcentaje faltante, que es lo que ahora se negocia con los maestros disidentes.

Ese mismo jueves se lograron acuerdos entre la CNTE y el gobierno, que un día después eran celebrados por el presidente López Obrador en su conferencia mañanera.

El gobierno cedió para modificar algunos términos de la reforma educativa, sobre todo en el tema de las plazas para los maestros, en las que la coordinadora insistía en eliminar los exámenes de oposición que contemplaba la reforma lopezobradorista y regresar el “pase automático” a los normalistas, además de eliminar cualquier efecto de la evaluación magisterial para que sólo quede como un elemento de seguimiento al trabajo de los maestros, además de establecer los derechos laborales del magisterio con pleno reconocimiento en el artículo 3ero.

Constitucional, tal y como lo exigía la coordinadora.

Este lunes se prevé que se retome la discusión del dictamen de la reforma educativa en las Comisiones de Diputados, y también se verá qué tan reales fueron los acuerdos alcanzados y si estos bastarán para que la CNTE retire sus protestas, bloqueos y presiones o si, como suele hacerlo esa organización magisterial, ante lo logrado en la mesa de diálogo y aprovechando la apertura del gobierno de López Obrador, pone nuevas y más altas sus exigencias.

Por lo pronto, sin menospreciar el diálogo y la apertura política con la que actuó el presidente para evitar un conflicto con la CNTE, la actitud presidencial parece haber tenido ya una primera consecuencia.

Ayer en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en un evento del nuevo partido Redes Sociales Progresistas, reapareció públicamente la maestra Elba Esther Gordillo, quien hasta ahora no había apoyado abiertamente a la nueva organización política que encabezan su yerno Fernando González y su nieto René Fujiwara.

Gordillo se dejó ver en la reunión y hasta se tomó selfie con los asistentes, cuando hasta ahora había evitado las apariciones públicas.

¿Será que ahora que López Obrador le está dando a la CNTE todo lo que pide, la maestra Gordillo quiere recordarle al presidente que ella sigue esperando que le regresen el SNTE en una elección interna cada vez más pospuesta?