Serpientes y Escaleras

¿Por qué un presidente adelantaría su sucesión?


La decisión del presidente López Obrador de abrir, tres años antes la carrera para su propia sucesión, y de ser él mismo quien haga públicos los nombres de los posibles candidatos a sucederlo por su partido, representa sin duda un hecho inédito en el sistema político y presidencialista mexicano.

Todos los mandatarios de la historia, desde que el país tuvo elecciones para renovar al titular del Poder Ejecutivo, jugaron en su momento el juego sucesorio e instituyeron prácticas y rituales como el “tapado”, las “barajas de aspirantes”, las “pasarelas políticas” y hasta el lanzamiento de sus “delfines”; pero todos, invariablemente, tanto en la vieja era del PRI como en los dos sexenios panistas, esperaron hasta el cuarto o quinto año para soltar las amarras de la sucesión porque justo en ese momento comenzaba el ocaso y el eclipsamiento de su propio poder como presidentes.

Por eso no muchos entienden todavía, ni dentro ni fuera de la 4T, qué quiso hacer López Obrador con sus destapes tan anticipados de los integrantes de su gabinete y de su gobierno que ve como posibles candidatos a la elección presidencial de 2024. Porque no sólo fueron las dos ocasiones en que el presidente indujo en las conferencias mañaneras el tema de la sucesión sino también el destape público y por aclamación de la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, ocurrido el 1 de julio, en un evento que claramente tuvo la aprobación y el consentimiento del presidente.

¿Qué gana o qué busca López Obrador al apurar, con tanta anticipación, la lucha sucesoria en una apuesta que puede resultar muy peligrosa para su propia imagen y fortaleza como presidente?, es la pregunta que hoy se hacen propios extraños ante las recientes declaraciones del presidente que, con el argumento de que “aquí ya no hay tapados” y de que los estilos de ejercer el poder ya cambiaron, ha dado un paso que podría resultar contraproducente para su propia presidencia.

Una idea que se comenta en los círculos políticos es que el presidente abrió el juego de la sucesión como una forma de apuntalar y detener la caída de su preferida, Claudia Sheinbaum, después del desgaste y el impacto negativo que enfrentó la jefa de Gobierno por temas como la tragedia mortal de la Línea 12 y su derrota en las recientes elecciones donde perdió más de la mitad de las alcaldías y la mayoría en el Congreso capitalino.

Otra posibilidad, en su afán por distinguirse de sus antecesores y romper con algunos rituales y mitos del viejo sistema, es que crea que al abrir su baraja para el 2024, manda un mensaje de fortaleza de su movimiento y de lo que él mismo llamó “un relevo generacional” para la continuidad de su proyecto político. Y de paso, algo que intenta López Obrador, aunque quién sabe si lo logre, es evitar que se intensifique un enfrentamiento directo entre los dos punteros de su lista: Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard. Porque con la eliminación que él mismo hizo del nombre del líder del Senado, Ricardo Monreal, el canciller y la jefa de Gobierno se quedan prácticamente solos en la disputa real por la candidatura y, al incluir otros nombres -la mayoría de ellos sin posibilidades- el presidente busca diluir la tensión entre sus dos delfines.

Finalmente, sea cual sea el cálculo y la apuesta de López Obrador al declarar abierta la lucha por su propia sucesión -y con todos los riesgos que para él entraña esa peculiar decisión- el tema por lo pronto le sirve al presidente como muchas otras de sus ocurrencias, declaraciones y posicionamientos que, sin tener una trascendencia real para el país, le funcionan muy bien como distractores para los medios y la opinión pública, que se dedica a hablar, a comentar y analizar las ocurrencias presidenciales en lugar de poner el foco en los problemas graves de crisis, inseguridad, violencia y pobreza que vive el país.

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