Fuera de ruta

Los costos del COVID-19


Por Alex Covarrubias V. Profesor El Colegio de Sonora/ Coordinador Red Itiam

El COVID-19 ha creado la crisis más severa desde la segunda guerra mundial. Sin embargo, hemos de aprender que eso no es todo. Habrá un antes y un después de la pandemia en el mundo productivo y social como hasta aquí lo conocemos. Representará un momento en la historia del mundo del trabajo y las organizaciones cargado de acechanzas. De la respuesta a ellos por parte de los actores productivos dependerá que tengamos un mundo laboral peor o mejor.

Cada mes de confinamiento le costará al mundo entre 2 y 3% del producto global. Por eso se estima que la caída del PIB en los países de la OCDE promediará 6%, con acentos más dramáticos en los países europeos y norteamericanos. En países como México y Brasil en donde las acciones de los gobiernos han sido más limitadas o restringidas, la caída puede llegar hasta dos dígitos. Proporcionalmente a la caída del producto corresponderá a la caída de los empleos. OIT estima que al cierre de junio se habrán perdido 7% de los puestos de trabajo del mundo: 195 millones de empleos.

Naciones Unidas tiene una perspectiva aún más sombría: Cuatro de cada cinco empleos están o estarán acusando los estragos de la crisis. Entonces aprenderemos que los legados del COVID-19 no sólo fueron los empleos cancelados, sino también las horas disminuidas en los puestos, los salarios eliminados –justa e injustamente–, los contratos colectivos violados en medio de la tormenta social de la enfermedad del mundo –que cruza abiertamente a 222 naciones. El hecho inmediato por subrayar es que los trabajadores y sus familias, particularmente aquellos de los sectores más vulnerables, son los que más han de sufrir las consecuencias humanas y productivas de la pandemia.

Pero las lecciones por asimilar son de mucho mayor alcance y apenas empezamos a reconocerlas.

Del mundo de materialidades a los virus que llegaron para quedarse

El mundo del trabajo ha descansado hasta ahora en un cumulo de materialidades. Fábricas, máquinas, infraestructuras, logísticas, redes viarias, transportes, estaciones, muros, techos, varillas, cadenas, herramientas y artefactos, pinturas y colores de todo tipo. Los mundos de gobierno y educativo han hecho lo mismo. Un mar de edificios, concretos, cementos, losetas y andadores, aulas y oficinas, pizarras y escritorios, crayones y cerámicas, lienzos y maquetas. Esas materialidades en turno han descansado en construcciones sociales y de poder de fronteras y territorios definidos a nivel de países y de proxémica y cinemática definidos a nivel de personas y clases sociales. Ha sido un conjunto siempre problemático entreverando nociones de nación y estado con identificaciones de status, estética, riqueza y prestigio. El adosamiento final lo ha dado una axiología de estandarizaciones entre lo que está bien –y vale—y lo que está mal –y es desdeñable.

Ese mundo no regresará más.

Por una parte es posible que el COVID-19 cambie para siempre las movilidades del mundo y nuestras relaciones espaciales y territoriales, que están en la base de aquellas materialidades. Una es la probabilidd de que el tal virus llegó para quedarse para siempre entre nosotros con el resultado que devendría en otra especie de cáncer para el que no tengamos vacuna de control alguna. Otra la eventualidad de que mientras generamos los anticuerpos o elementos médico/placébicos para domesticarlo en un futuro que nadie puede precisar, no podremos recuperar las distancias y los desplazamientos de las movilidades que acostumbramos. ¿Las implicaciones de ello? Para decirlo pronto, el código de la “sana distancia” que hemos aprendido en estos meses, se habrá alojado entre nosotros como un huésped permanente.

No hay exageración en estas posibilidades, porque aun cuando se lograra controlar el COVID-19 en el corto plazo nada asegura que otro virus –de igual o peores consecuencias—no le continuará. Podrá ser una de sus mutaciones. O podrá ser otro huésped de características desconocidas e inmanejables.

El advenimiento de la sociedad de riesgo

El hecho vital a asimilar es que el COVID-19 es producto del lugar extremo a dónde ha llegado –y nos han llevado—aquellos mundos de materialidades. Entendámonos. Hace 44 años Ulrich Beck (una de las mentes más lúcidas de la postmodernidad) advirtió que habíamos llegado a la sociedad de riesgo. Un estadio creado por un sistema guiado por el empleo de tecnologías cada vez más sofisticadas y la explotación irracional de los recursos naturales con el sólo propósito de la obtención de beneficios –cada vez más– individualizados. Un estadio plagado de riesgos e inseguridad en la medida en que la búsqueda ciega de la ganacia a ultranza termino por cubrir de incertidumbres y ambigüedades el manejo de las variables más sensibles de la vida social, productiva y natural. Es un episodio de la historia a tal punto extremo que ha entrado en peligro de extinción la supervivencia de la especie humana. Para empezar. De todas las especies vivientes para continuar.

El COVID-19 (con sus 7.5 millones de enfermos confirmados y aproximando medio millón de muertos en el planeta al 12 de junio 2020, y contando) y Estados Unidos (en calidad del primer poder del orbe) convertido en el centro de la pandemia, son la prueba fehaciente de que Beck tenía razón. La sociedad del riesgo –donde la vida de todos pende de un hilo y su desenlace es en lo más de los casos una representación estadística– habita entre nosotros.

La revolución digital

Es el otro invitado que ha llegado para quedarse y cambiar nuestras vidas en forma definitiva. Máquinas que aprenden y vehículos que se manejan solos; sensores que crean datos y toman decisiones presumiendo una inteligencia (artificial) superior a la humana; nubes que almacenan millones de millones de datos sin ocupar un centímetro de espacio físico; dispositivos de comunicación inteligentes que gran parte de la población posee o puede comprar, cuyas capacidades de conectividad y multifuncionalidad rebasan las capacidades (en una proporción de 1 a 100 mil) del Apolo 11 que llevó al hombre a la luna por vez primera; compañías de transporte y logística que han surgido en los últimos años y que sin manufacturar vehículo alguno ni establecer una sola relación de empleo mueven millones de personas y bienes y servicios día con día, sobrepasando el valor de mercado que la mayoría de los corporativos automotrices han podido lograr en más de un siglo de existencia; plataformas que rastrean nuestros movimientos, gustos y preferencias para predecir nuestras conductas, comerciar nuestros datos –sin darnos un peso a cambio—(para por ejemplo cambiar el curso de una elección) dando así al traste con nuestras vidas privadas.

Las tecnologías digitales no son nuevas. El tema es que con la pandemia se han vuelto omnipresentes.

Son las únicas ganadoras en medio de una economía deprimida por doquier. Por eso los que sonríen y ven crecer sus fortunas con cada día de duelo son las llamadas empresas “high-tech” –de Google a Amazon, de Facebook a Ubers, etc. Así, las múltiples formas de teletrabajo que ellas propician –en la variedad de formatos tipo Zoom, Skype, WhatsApp y similares–, han permitido que las escuelas sigan funcionando, que los gobiernos sigan operando, y que millones de centros de trabajo hagan lo propio. Todo ello es apreciable … mientras retengamos y controlemos sus implicaciones. Las digitalización de la vida cotidiana alentada por la pandemia dará la última puntilla al mundo de materialidades en el que hemos habitado. La pandemia ha mostrado no solo que se puede trabajar fuera de los muros e instalaciones de millares de edificios. Sino cuan absurdo es mantener muchos de ellos, con sus gastos de recursos naturales, energías, tiempos, desplazamientos, y movilidades forzadas de millones de personas minuto a minuto.

El problema es que la digitalización venía ya anticipando un futuro inmediato en el que los robots no análogos terminarán desplazando entre uno y dos tercios de los empleos estandarizados, repetibles, predecibles y de preceptos mecánicos de la industria. Esto es, los empleos de los sectores menos calificados y vulnerables, así como los empleos arrancados a los países desarrollados por países pobres y emergentes, fundados en el trabajo barato, como México.

De forma que lo que estamos por ver es cómo la “nueva normalidad” del COVID podrá acelerar la pérdida y substitución de empleos por partida triple: Unos serán los millones de empleos cancelados por el paro forzoso de la enfermedad; otros serán los millones por ser desplazados por robots; y otros tantos vendrán en la forma de empleos relocalizados a las fronteras de las casas, ligados al teletrabajo, mientras cierran o son demolidas facilidades diversas tenidas antes por intocables. Una capa cuarta de desempleo vendrá de los empleos de facilitación (vigilancia, logística, mantenimiento, provisión de servicios diversos, etc.) que dependían de la existencia de aquellas materialidades.

Un mundo por definir

En la sociedad de riesgo que nos ha alcanzado todo está por definirse. Todo será más díficil en sociedades como la mexicana que han venido imponiendo la ventaja, la mentira, ilegalidad e imitación como normas de vida productiva, desplazando sus raices de creación, diversidad y compromiso. El desafío será qué y quiénes pueden cambiar a tiempo y crear espacios de acción nuevos realmente significativos.

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