Los millennials son aquellos nacidos a partir de los años 80. Conforman una generación digital y con altos valores sociales y éticos. Todo esto los hace diferentes a generaciones pasadas.

De acuerdo con la revista Expansión, son los consumidores más poderosos del mundo. Sus decisiones y hábitos de consumo están cambiando radicalmente la manera como se mueven las empresas.

La frenética ola de innovaciones que atraviesa la industria del cómputo, del Internet y de la telefonía celular, responde a las necesidades de este sector de la población. Los millennials son el corazón del negocio de los servicios por streaming que han revolucionado la manera de oír música y ver cine: Spotify, Apple Music, Amazon Prime, Netflix.

Los millennials, por otra parte, prefieren las marcas locales a las grandes corporaciones globales, se inclinan por los productos orgánicos y que portan un compromiso con la sustentabilidad ambiental.
Son, además, profundamente críticos hacia los partidos tradicionales y apuestan más bien por la ciudadanía digital en las redes sociales, aunque hemos sido testigos de su capacidad para desplegar acciones solidarias en caso de desastres naturales.

Tienen una formación educativa superior a la de sus padres y sus abuelos lo cual no necesariamente se traduce en mayor movilidad social. La mayoría de los millennials han vivido estos 40 años en un contexto de altibajos económicos.

Tomemos el caso de los jóvenes mexicanos: la década en la que ellos abrieron los ojos a este mundo, los ochenta, fue llamada la “década perdida”, caracterizada por una persistente crisis económica y un deterioro generalizado a la calidad de vida. En los noventa, México enfrentó de nueva cuenta una gran depresión, la de 1994, que generó muchísima pobreza.

La primera década del nuevo siglo parecía promisoria, sin embargo, se atravesó la profunda crisis de 2008-2009. En suma, este sector de la población enfrentó, a lo largo de sus primeros 30 años, condiciones particularmente adversas para subirse al “elevador social”.

La insuficiente generación de empleos, la falta de oportunidades educativas, la debilidad de las estrategias de apoyo a emprendedores, la extendida pobreza que afecta a cuatro de cada 10 jóvenes, amenazan con echar por la borda el bono demográfico que representan los millennials.

De ahí la importancia del reciente estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID): “Millennials en América Latina y el Caribe 2018: ¿trabajar o estudiar?”.

Les comparto algunos hallazgos: 78% de los millennials mexicanos trabajan en la informalidad, en Brasil el 61% y en Chile el 53%. La proporción de ninis en México (25%) supera notablemente a la existente en países como Colombia (16%), Paraguay (15%) y Chile (14%).

La mayoría de los jóvenes aspira a completar la educación superior. Entre los ninis sólo 66% aspira a la educación universitaria, mientras que, entre los estudiantes, este porcentaje es de alrededor de 89%. Por grupos, los ninis son los que tuvieron un peor desempeño en una prueba de habilidades cognitivas en la encuesta PISA.

Los ninis resultan un sector altamente estratégico para las políticas gubernamentales porque son altamente vulnerables a conductas de riesgo (vagancia, pandillerismo, adicciones) y a ser reclutados por la delincuencia organizada.

De ahí que veamos con optimismo programas federales como Jóvenes Construyendo el Futuro que busca que miles de jóvenes entre 18 a 29 años de edad puedan capacitarse en el trabajo. El Gobierno les otorgará una beca mensual de 3,600 pesos para que se capaciten durante un año. Se ha destinado a este programa un presupuesto de 44 mil millones de pesos, que esperamos se manejen con transparencia y eficacia.

Este programa puede ayudar a crear puentes entre los estudiantes y el sector productivo, muy en la línea con la llamada educación dual que se imparte en Alemania (que ofrece por cierto un estímulo económico de 17 mil pesos mensuales).

No podemos más que celebrar que existan este tipo de iniciativas en México, pero todos debemos vigilar que cuenten con reglas de operación claras y no sean objeto de simulación o manipulación clientelar, que cuenten también con padrones públicos y evaluaciones de impacto para saber qué se logra.

Los jóvenes mexicanos demandan y merecen respuestas efectivas.