El asalto a la razón

Ni la Sputnik V tiene que explicar


En el peor momento de su carrera, confinado por haber neceado en mantener una irresponsable, insana y corta distancia con Andrés Manuel López Obrador, al doctor Hugo López-Gatell le ha venido “como anillo al dedo” el trance por el que atraviesa.

Renuente al uso de cubrebocas, desdeñoso de las recomendaciones mejor calificadas (Organización Mundial de la Salud, los ex secretarios mexicanos del ramo y los más avezados expertos en virología nacionales y extranjeros), en sus obligadas apariciones virtuales, el funcionario no tiene que dar por ahora mayores explicaciones ni maromear ante la exigencia de información precisa sobre la salud presidencial que de manera pésima dizque resguardaba.

Queda por ahora en el misterio el por qué de su aferramiento al cargo pese al papelazo que significa el que una noche se esforzara en argumentar (al parecer comprensible, técnica y científicamente) contra la pretensión de gobiernos estatales y empresas privadas de adquirir vacunas, y a la mañana siguiente (con él de florero) haber sido desmentido por López Obrador (aunque se supo luego que al menos este año tal posibilidad está vedada).

Ninguno de los dos lo dijo pero, ¿a poco no sabían que el mercado de vacunas emergentes está limitado únicamente a los gobiernos de países?

Tampoco López-Gatell está expuesto a revelar lo que le dijo al Presidente sobre la Sputnik V, cuya confiabilidad fue a indagar a Buenos Aires y no en Moscú.

De no ser él, ¿quién informará en qué se basa el debatible arreglo entre López Obrador y Putin para que nos mande ya 200 mil de 24 millones de medias dosis (para 12 millones de personas) de algo que no ha sido aprobado siquiera de manera provisional por alguna institución reconocida?

En descargo de la decisión y el sospechosismo desatado, Sputnik V se encuentra en la lista de la OMS entre las 10 principales vacunas que se acercan al final de los ensayos y el comienzo de su producción en masa. Y es reconocido, sólido y antiguo el desarrollo científico de Rusia, pero suscita desconfianza que su vacuna siga en etapa experimental y se corra el riesgo de que argentinos, mexicanos y otros sean usados como pendejillos de indias porque se desconocen los resultados puntuales de su aplicación.

A pesar de todo, la suspicacia no impedirá su precipitada importación y aplicación. Bastará con que la Cofepris la apruebe fast track sin el rigor que se requiere, lo cual se facilita porque se le despojó de autonomía para volverla dependiente de la subsecretaría de López-Gatell.

Para documentar el pesimismo, se duda de la conveniencia de su aplicación en los viejitos: precisamente en Argentina, Clarín Mundo publicó (17 de diciembre) que Sputnik V “no se puede inyectar a mayores de 60 años, así que Putin (tiene 68) tendrá que esperar”.

Quién de todo esto sabe o debiera saber e informar con toda claridad es el suertudo y resguardado mariscal anti-covid…

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