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El planeta Tierra: ¿un hogar o una máquina?


Siempre he sido una mujer preocupada por la sustentabilidad de nuestro planeta. Lo normal para mí es brindar respeto y tratar con dignidad a los animales, a los ecosistemas y a los seres humanos porque todos formamos parte de la naturaleza, aunque luchemos tanto por separarnos de ella. ¡Qué locura!

Curiosamente, somos nosotros quienes necesitamos del planeta. Él está muy bien sin nosotros y nos lo ha demostrado. ¿Has visto cómo  en estos meses de cuarentena el planeta ha conseguido
regenerarse y sanar? Sencillamente nos demuestra de una forma tan sublime que sólo necesita tiempo, respeto y paciencia.

Con pesar y tristeza, veo cómo casi nadie se molesta en siquiera agradecerle a nuestro mundo lo que nos otorga tras mucho trabajo bajo presión. Veámoslo como una computadora.

La quieres conectada a Internet, con varias pestañas en el buscador, reproduciendo música, texto en Word, cargando una película en una aplicación y también la tienes conectada porque se le está agotando la batería, por supuesto que el brillo está al 100% y el sonido en un 80%, aprovechas que está encendida y conectas tu celular para cargarlo, conectas tu memoria USB para pasar unos archivos… ¡Ah! y claro que la tienes sobre el regazo bloqueando la salida de temperatura porque es más cómodo así.

La computadora de milagro no explota, así que repentinamente dejas de escuchar el ventilador (que parecía más una turbina de avión) y ¡boom!, se apaga. ¡¿Por qué se apagó!? No lo sé, las posibilidades son muchas.

Nuestro mundo se convierte con mayor rapidez y frecuencia en esa computadora a la que le lanzamos el golpe cuando no reacciona, pero olvidamos que es gracias a nosotros que dejó de  funcionar.

Puede que nuestro planeta no cumpla todos nuestros caprichos y, ¿qué hacemos? Lo violentamos, lo forzamos a que nos dé lo que queremos y en el momento que lo indiquemos. Lo sometemos
a una jornada laboral de 24/7 en la que no importa si tiene sueño, hambre, si se enferma o si muere.

Lo importante es que yo, un ser totalmente temporal e insignificante, esté satisfecho al costo que sea. Somos siempre tan egoístas, tan irrespetuosos y tan orgullosos que ni siquiera estamos dispuestos a mirar nuestro hogar a la cara.

¿Cuándo fue la última vez que saliste a observar las estrellas? ¿Sabes cómo luce un atardecer cuando hace frío y cuando hace calor? ¿Te has dado cuenta de que los árboles suenan como el mar cuando el viento acaricia sus hojas?

Nos sentimos tan superiores que nos damos el privilegio de poder violentar a un animal por su piel, por su carne, por diversión, por una fotografía junto a nuestra tan costosa arma. Somos tan
ciegos y tan ególatras que no aprendemos, no vemos, no sentimos ¿Pensamos? ¡Claro que sí! Por algo nos diferenciamos de los “salvajes”, porque razonamos y porque nosotros sí somos inteligentes.

Si esto es cierto, ¿por qué me enseña más un ser sin razonamiento y sin la tan codiciada inteligencia sobre la solidaridad? ¿Por qué me enseñan más las plantas sobre la paciencia y el cuidado?

¿Por qué me enseña más el viento a escuchar y tolerar? ¿Por qué me enseñan más las estrellas y las nubes sobre la honestidad y el amor? Quizás es porque somos parte de todo lo que nos rodea.

Quizá somos esos animales, esas plantas, esos mares, esos atardeceres, ese viento. El ser humano está algo manipulado, pero se dice que el amor es la esencia de la existencia y no somos los nicos que existen.

Licenciada en mercadotecnia, con certificación en semiótica de la imagen.
kassandraom97@gmail.com

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