Por la paz

El autor es Publicitario miembro de Aspac.

En el contexto de una humanidad estrujada, asombrada y temerosa por los horrores que significó la gran guerra de 1945, surgen las iniciativas de renovar con fuerza las instituciones humanas internacionales, cuya misión es el cultivo y cuidado de la paz entre las naciones.

Esa guerra no fue algo inusual, sino por lo cruento de ella, nunca antes hubo tantas muertes humanas en un período tan corto.

En Hiroshima, escenario del primer bombardeo atómico de la historia, el 6 de agosto de 1945, murieron por una única explosión cerca de 170 mil personas.

La humanidad ha ido tejiendo una interminable y continua historia de enfrentamientos bélicos entre naciones o entre etnias.

Estos conflictos arrojan miles y miles de muertos.

En la llamada Guerra de los 100 años entre Inglaterra y Francia entre 1337 y 1453, la cantidad de muertos fue de 185 mil, cifra menor que la cantidad de muertos de las dos bombas atómicas lanzadas en Japón en 1945, que ascendió a 246 mil, producto de dos explosiones en dos días diferentes.

El total de muertos de la segunda gran guerra ha sido estimado en cerca de 100 millones de muertos.

El nefasto resultado de la Segunda Guerra Mundial es equiparable a perder tres cuartas partes de la población de nuestro país en el término de 10 años.

¿Lo podemos imaginar?

Ser uno de cuatro personas conocidas y ver morir a todos en el término de 10 años, uno cada tres años.

Igual a nuestro alrededor.

¡Terrible, cierto?

En ese contexto de odio y crueldad se inscriben estas iniciativas humanas para contrarrestar estas conductas.

La Carta de las Naciones Unidas que da origen a esta institución recoge la declaración de sus fundadores como resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, a crear condiciones para mantener la justicia y el respeto a los acuerdos entre naciones y a promover el progreso social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad.

Y para cumplir con estos designios, apunta la Carta, las naciones firmantes están decididas a practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos, a unir sus fuerzas para mantener la paz y la seguridad internacional, a asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino sólo en servicio del interés común, y a emplear mecanismos internacionales para promover el progreso económico y social de todos los pueblos del mundo.

Hermosas y profundas declaraciones que todos y cada uno de nosotros debiéramos hacer propias y adoptarlas en el día a día de nuestras cotidianas vidas, evitando la violencia -para empezar en nuestro hogar- y promoviendo decididamente la mejora económica de todos esos necesitados que nos rodean, que carecen de una economía suficiente, pero también de un cariño y afecto suficientes.

El autor es Publicitario miembro de Aspac.

Por un México bueno, culto, rico y justo.

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