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Ojos que ven, corazón que siente


Lirio Ayala Robles Linares
(PRIMERA DE DOS PARTES)

El cerro se imponía a lo lejos. —¿Lo único que hay en mi ciudad es el Cerro de la Campana? ¡Qué chafa! —Me dijo. — ¿Cómo? Estás equivocada. —Contesté. Sabía que se aproximaba un debate.

La hice cortar una naranja que aún adornaba una banqueta. —¿Se come? —Preguntó escéptica. —Sí, pélala. Ya verás. En la Hidalgo, le conté historias de casas que aún guardan su esencia y sus ventanales oxidados. Mencioné a tres arquitectos. —¡Bah, ni los conozco! — dijo, con insolencia. No le reproché. Quería permear en ella un poco de amor por su ciudad y borrarle su sentir de desilusión.

Pues el amor es el motor para encontrar lo bueno de las cosas, en vez de odio por no tener lo que se espera. —Tu ciudad está llena de magia. Ponía su cara madura de doce años y decía que la magia no se ve, que era pura ilusión, y que “ojos que no ven corazón que no siente”. Entonces la llevé a la Plaza Zaragoza por donde pasaron mil amores que rasparon en los troncos corazones y “te quieros”.

Que se abrazaron bajo la sombra de un árbol para unir sus manos alrededor. Su curiosidad quería comprobar mis palabras. A modo de inspección encontró un rayón en una gruesa rama y abrazó a un árbol incrédula. Le dije que tenía cien años. Sus respuestas eran muecas de “ah”. Para no escucharme, corrió hacia el kiosco; zapateó en la duela y se resbaló por esos costados rosas que lo visten. La seguí al palacio. Al atravesar la puerta se extasió con los murales.

Sintió lo que decían sus historias. Apreció las pinceladas del autor. No hubo respingos, el arte la enalteció. Tras una campanada la llevé directo a lo sagrado, le conté del laberinto circular enmudecido, impregnados de orines y de “guano”, de tablones cafés astillados que subían a la torre, casi cerquita de Dios. En la vida, para llegar al cielo, igual debes subir escalón por escalón, esquivando la bruma como al guano. En un suspiro, noté que despertaba en ella ilusiones que su mirada brillaba de emoción.

No olvidé Villa de Seris, ni a las coyotas y menos al chiltepín. Le mostré la Cárcel de Sonora. Ahí, sus manos se pintaron coloradas con los fierros. Su corazón también fue tomando color. En las faldas del cerro, apreció su forma de campana. Con una roca emití el sonido del metal. —¿Ves?, aquí hay magia. — ¡Bah! Regresó su fechoría y aventó la piedra sobre choyas. Pero, olió la flor de un ocotillo y escuchó a un paloverde bailar. Vi también cómo sus ojos se pasmaron ante el cuadro de casas “olanudas” con caminos enredados sobre el cerro; con la esencia de las calles y el verde Parque Madero; con el sabor del café de olla en el mercado; y cuando mandó una carta de postal…

Continuará…

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