La ciudad perdida

El autor es Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

El pueblo tenía calles cubiertas de madera, todos caminaban sobre tablas de pino fijadas a la superficie, que eran ensambladas simétricamente y sujetadas con tornillos, los transeúntes de pies fuertes y resistentes, andaban descalzos aún con la gran cantidad de astillas que se levantaban a cada centímetro.

La distribución de casas se había hecho al azar, el desarrollo urbano era arbitrario, se construía donde mejor pareciera, incluso había casas encimadas que formaban pequeños edificios de 5 o 6 pisos.

Cada vivienda era de diferente color; sus paredes, puertas, ventanas, techos e interiores guardaban y respetaban la misma tonalidad.

El material de construcción tenía una característica especial, era maleable, elástico; con el tiempo se transformaba en un espacio sólido, innamovible e inquebrantable.

A diario aparecían 2 o 3 viviendas nuevas, siempre con diferente color.

Era un pueblo lleno de aromas, a pesar de no existir plantas ni áreas verdes, permanentemente se apreciaban notas a yerbabuena, moras; había calles perfumadas con la corteza de canela.

Como en toda urbe, existía un rincón sórdido, donde nada tenía color, no había vida; ni las hormigas visitaban las pálidas viviendas que habían sido, en su momento, las favoritas de la gigante; sí, el pueblo era custodiado y sacudido por el ímpetu avasallador de una mujer de proporciones estratosféricas que diariamente rondaba las calles del pueblo y arrancaba las casas que ella misma había construido para ablandarlas con los ácidos de su potente saliva.

Después de masticarlas durante algunas horas, eran puestas de nuevo sobre sus cimientos, con distinta forma y aroma, y si la suerte pintaba mal para ese hogar, era depositado en la parte oscura del pueblo.

De esa manera visualicé, durante tres años, la parte inferior de la paleta del mesabanco donde se sentaba la “Lupita de la Nacha” (+) mismo que la acompañó durante los tres años de secundaria, en él guardaba y coleccionaba los chicles de diversas marcas, aromas, colores y sabores que después de masticarlos por horas, los pegaba y acomodaba al azar debajo de su pupitre, y cuando los centavos no alcanzaban los reciclaba una y otra vez hasta dejarlos pálidos, sin sabor.

De la Lupita aprendí el gran placer de masticar chicle y hacer bombas gigantes con el anhelo de algún día ir con Chabelo a que midieran mi bomba con el famoso chiclómetro.

Cabe destacar que masticar chicle estaba prohibido en clase, y de no atender la regla, la calificación bajaba 0.01 cada vez que la maestra te agarraba infraganti.

La goma de mascar tiene sus orígenes en las practicas mayas y aztecas, quienes obtenían un látex natural del árbol llamado Chicozapote, que era utilizado con fines sanitarios para mantener sus dientes limpios y un buen aliento.

Y fue el mismísimo Antonio López de Santa Ana quién ofreció a los americanos la sustancia para que sacaran caucho a fin de producir neumáticos, en ese momento, Thomas Adams intervino y creó el famoso chicle.

El autor es Licenciado en Periodismo y chef profesional, conductor de televisión, creador de contenidos gastronómicos y embajador de marcas de alimentos.

@chefjuanangel