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‘Una onda gruesa’ (Fragmento de novela)


‘El día 7 de agosto de 1993 fue sábado, entonces debió haber sido viernes cuando se fue a Guaymas.

De tal manera que a Daniel en esa semana le estuvieron llamando por teléfono desde el Puerto.

De esto no me cabe duda, yo misma les recibí los mensajes ¿cómo no iban a ser ellos?

¿Y qué te decían los morros?

Desde la Ciudad de México le mandé varios cartas a tu hermano Juan ¿las tienes ahí?

¿Nunca las leíste?

Daniel se fue de la casa de Miguel Torres pocos minutos antes de las nueve, sin aclararles al grupo de amigos el rumbo que tomaría.

Esto no era raro conociendo al Daniel.

Y sus compañeros de toda la vida así lo entendían. Por eso no le dieron mucha importancia a sus dichos.

Tal era el caso de su amigo Francisco Javier Cañedo, 48 años de edad, soltero, nacido en Guaymas, empleado con credenciales del municipio.

Cañedo observó que cuando Daniel regresó a casa de Miguel Ángel, después de la fallida búsqueda de su mamá, traía un escrito, el cual era una obra de teatro o un poema, no sé, pero enseguida se puso a recitar.

Se puso a leer durante 15 minutos.

Casi a las nueve de la noche, Daniel les dijo que tenía una cita a las nueve “y le tenían preparado una sorpresa muy gruesa”.

Cañedo recordó que habían comentado lo de las convocatorias y otros eventos culturales el domingo pasado por teléfono: quedando de acuerdo que él iba a regresar dentro de dos sábados más.

Por eso a Cañedo se le hizo raro verlo el sábado siete.

Jesús Ramón Grajeda, 59 años, soltero, jubilado, nacido en Mocorito, Sinaloa, en su declaración del día 11 reiteró que poco antes de las nueve de la noche Daniel salió de la casa de Miguel Ángel, haciéndoles el comentario de que tenía una onda gruesa y que tenía una cita a las nueve de la noche, que había quedado de mirarse en Bancomer con alguien.

Nunca supimos quiénes eran o de qué se trataba pero sí dejaban entrever que tenían preparado algo.

Y yo pensé que era una fiesta, o un aquelarre típico de Daniel.

Estas confesiones podrían ser suficientes para alegar que sí hubo alevosía en el asesinato, en el sentido que fue premeditado.

Esa frase de que le esperaba una onda gruesa, se entendía como una gran sorpresa, indicaba que ya se tenía pensada una acción especial para Daniel.

Tal vez así lo comprendieron los primeros jueces, pues emitieron la sentencia más larga para ambos jóvenes asesinos’.

El autor es docente y autor.
Correo electrónico: silvestreuresti@hotmail.com

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