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Cómo escriben los funcionarios de gobierno


“La ortografía no enamora, pero tampoco me veo con alguien que quiera <<aserme mui feliz””.

Como éste, circulan muchos mensajes en redes sociales que ironizan el mal hábito de no escribir bien.

Sea por ignorancia, por un descuido, por querer sintetizar o, de plano, porque da lo mismo, tener mal lenguaje escrito es un defecto generalizado.

Cuando tenemos trato con profesionales de ciertas áreas que escriben ‘con los pies’, como se dice coloquialmente, y poseen, incluso, un alto nivel de estudios es momento de decir: “¡Houston, Houston, tenemos problemas!”

Sorprende el nivel de incoherencia de alguien que dice ser un especialista en su campo y busca reconocimiento, pero que no lo proyecta con su manera de escribir.

En esta cancha, invariablemente, se encuentran las personas que trabajan en el gobierno.

Y el campo es amplio: médicos que escriben recetas y reportes a través de garabatos con mala gramática o ingenieros que si los edificios y carreteras que construyen fueran similares a sus distracciones semánticas se vendrían abajo rápidamente.

No hablemos de abogados que respetan, quizás, los códigos jurídicos, pero no los de la lexicología escrita; directores de oficina y funcionarios que nos atienden en una ventanilla cuyos textos parecen de niños de primaria, y, sorprendentemente, ¡profesores en el aula! que desgracian la persona de sus alumnos con su pésima sintaxis.

Pero ¿cuál es la mamá de los pollitos en cuanto al fallo más recurrente en su redacción estilística?  Sin duda, la ortografía. La asesinan brutalmente.

Así, encontramos funcionarios que textean ‘haber’ en lugar de ‘a ver’, ‘ke’ en lugar de ‘que’, ‘osea’ en lugar de ‘o sea’, que no distinguen ‘hecho’ de hacer y ‘echo’ de echar o ‘hay’, ‘ahí’ y ‘ay’, entre otros horrores.

Jubilaron, además, sin escrúpulo alguno, la coma, no se acuerdan de la tilde, mandaron al diablo el punto y coma, se desenchufaron de los signos de interrogación y exclamación y enviaron al pasado a las comillas, paréntesis y guiones.

El uso de correctores en los celulares, no tener hábito de lectura y apelar a la ley del menor esfuerzo en los textos ha relajado el adecuado uso de las palabras y signos.  Es un sello marcado de la generación millennials y sus derivados idiomáticos.

Llegan, incluso, con actitud descarada, a decir que no pasa nada si se desatienden las pautas para escribir con cuidado y esmero, como si eso fuera optativo. ¡Y por supuesto que no lo es!

Si un ciudadano lee un mensaje en redes sociales, recibe un correo electrónico, se lleva un documento con anotaciones u observa avisos con errores ortográficos o gramaticales pensará que esa dependencia es incompetente y de escaso alcance en lo que hace.

Como en imagen pública la percepción de la institución permea a sus miembros, el personal que labora en ellas, en su conjunto, será etiquetado de la misma forma.

Descuidar la estilística en la redacción, como mal epidémico en el sector público, denigra, desacredita y descalifica a quien por omisión o negligencia se habitúa a ello.

Y si hay complicidad alevosa por parte de los jefes de la oficina de gobierno, que Dios agarre confesado al ciudadano. No se hará uno entre jefe y funcionario ante el ojo de la gente porque “por cómo escriben los conoceréis”.

Se redacta bien no sólo para que se capte correctamente lo que se quiere decir sino para convencer con calidad proyectando cultura personal y profesionalismo.

No nada más es decir lo apropiado. Es transmitir autoridad, mostrar respeto y exhibir seriedad a través de la palabra escrita. Ya no hablemos de irradiar fascinación.

En el sector gobierno es indispensable entenderlo porque no se come de lo que se sabe sino de la manera de transmitirlo a través de virtudes comunicativas que deben ser advertidas por todo mundo.

Leer, leer y leer produce buena escritura. Llevar talleres en el tema, dirían los políticos, coadyuva. Tener jefes o compañeros que son máquinas correctivas del lenguaje escrito, aunque “caen gordos” por perfeccionistas, aminoran el mal.  Incluso, hasta Google colabora con la causa cuando se le consulta con ánimo de querer saber.

En suma, reivindiquemos el uso correcto de la palabra escrita en el sector público.  Habrá una raya menos en el tigre y será para bien. Intentémoslo.

 

 

 

C. Martín González Grijalva

Consultor en comunicación y desarrollo organizacional.

E-mail: gonzalezgrijalva@gmail.com

Twitter: @martingmkt

Whatsapp: (662) 201-27-80

 

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