“La que perdió fui yo como mamá”

Coordinadora del Seminario Niñez Migrante de El Colegio de Sonora.

Platicando con Mercedes, mamá de un par de hermosos niños que hace dos años retornaron a Hermosillo desde Estados Unidos, varias preguntas surgieron:

¿de qué manera el tipo de recibimiento que tienen los niños retornados en las escuelas influye, no sólo en cómo perciben su inclusión, desempeño escolar, y emociones sino también en las formas que la familia siente, vive y se tiene que estructurar para salir adelante con el proceso? Mercedes y sus hijos regresaron a Hermosillo, Durante 6 meses estuvieron sin el padre quien se quedó en Phoenix, Arizona, arreglando su regreso.

Como muchas familias, Mercedes comenta que inscribirlos en la escuela más cercana a su domicilio, les dijeron que no había cupo.

“Llegamos muy desubicados, no teníamos carro ni dinero, por eso era importante que estudiaran cerca de dónde vivimos”.

La abuelita paterna de los niños habló con unos contactos e hicieron arreglos para que los infantes fueran recibidos en esa escuela.

Y así fue. Sin embargo, comenta Mercedes “a la directora no le pareció que un superior le haya hablado para decirle que recibiera a mis hijos cuando ella ya había dicho que no”. Desde ese momento mi hijo empezó a sufrir las consecuencias.

Además del choque emocional, social y cultural por el cambio de residencia y estar sin su papá, los niños vivieron un cambio brusco, padecieron hostigamiento, maltratado y rechazado por la directora del plantel”. “Desde el inicio la directora mostró la cara de desagrado, de mala gana los aceptó.

El niño recibía constantes reportes de indisciplina, llegaba con la tarea escrita a medias y los cuadernos con trabajos sin completar. Cómo no iba a pasar eso si no entendía ¡nada! Él y su hermanita habían nacido en Phoenix y su idioma era el inglés”, exclamó Mercedes.

A finales del ciclo escolar expulsaron a mi hijo por 3 días. Después de una serie de acciones que realizó mi esposo que incluyó una demanda legal tuvieron que aceptar a mi hijo en la escuela, sin embargo, ya no quisimos meterlos allí.

“Los movimos a una escuela cerca de con sus abuelos paternos. De lunes a viernes están con ellos y los fines de semana conmigo. Intentamos hacer el trayecto de casa hacia la escuela, sin embargo, los niños se estresaban mucho porque teníamos que levantarlos muy temprano.

Decidimos que dejarlos con sus abuelos era lo mejor.” “Nos quedó un duelo de esa experiencia, por ver la incompetencia de los maestros; mi hijo no estaba al nivel de los otros y los maestros debían de ser más comprensivos, pero no fue así.

Toda la familia fue a terapia, el rechazo fue muy sentido por todos”.

Cientos de familias padecen situaciones parecidas. Un reporte de la Unesco estima que a nivel mundial podrían llenarse medio millón de aulas con menores migrantes que han sido desplazados de sus lugares de origen por violencia, crimen, guerra, desastres naturales, política antiinmigrante, etcétera.

Los países deben de desarrollar política pública educativa adecuada para que estos menores y sus familias no sufran la discriminación.

Enhorabuena a aquellos casos donde hay buenas prácticas de inclusión, habría que aprender de ellos.

GLORIA VALDEZ GARDEA

Coordinadora del Seminario Niñez Migrante de El Colegio de Sonora. gvaldez@colson.edu.mx