Colaboración Especial

Para cambiar la realidad


Incluso nos invita a pedir al enseñarnos el “Padre Nuestro”. El Santo Padre, al seguir su catequesis sobre esta oración, asegura que “ninguna oración quedará sin ser escuchada”. Pero entonces podríamos preguntarnos por qué muchas de nuestras oraciones parecen no obtener ningún resultado. Una persona decía que Dios siempre responde, pero lo puede hacer de tres maneras distintas: La primera es cuando nos concede lo pedido. La segunda es cuando nos pide: “Espera un poco más”. Y la tercera, cuando nos dice: “Te tengo algo mejor”. En cualquier caso, Dios nos oye y salimos ganando. Por ello, la oración siempre cambia la realidad. Si las cosas que nos rodean no cambian, al menos cambiamos nosotros, cambia nuestro corazón.

2) Para pensar
Así como cada quien tiene su forma de tratar a sus padres, así cada uno tiene su manera personal de tratar a Dios. Orar es hablar con Dios, todos los santos han sido almas de oración y podemos aprender de ellos.

De la experiencia de su oración, Santa Teresita del Niño Jesús escribía: “¡Cuán grande es, pues, el poder de la oración! Diríase que es una reina que tiene siempre libre entrada en el palacio del rey, pudiendo obtener todo lo que pide. Para que la oración sea eficaz, no es preciso leer en un libro alguna hermosa fórmula compuesta para circunstancias determinadas; si así fuera, ¡cuán digna de lástima sería yo!

Para mí es la oración un arranque del corazón, una simple mirada dirigida al cielo; es un grito de agradecimiento y de amor lo mismo en medio de la tribulación que en el seno de la alegría. En fin, es algo elevado y sobrenatural que dilata el alma y la une a Dios. Algunas veces, cuando se halla sumido mi espíritu en tan gran sequedad que es incapaz de producir un solo pensamiento bueno, rezo muy despacio un Padre nuestro o un Avemaría; éstas son las únicas oraciones que cautivan, que alimentan divinamente mi alma y le bastan”.

3) Para vivir
El Papa Francisco comenta que Jesús llevaba una vida de oración: reza en su bautismo en el Jordán; dialoga con el Padre antes de tomar las decisiones más importantes; ora en la transfiguración; a menudo se retira en soledad para rezar; intercede por Pedro, que pronto renegará de él: «Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 32). Incluso ante su muerte inminente, Jesús consuela a las mujeres, reza por los que le crucifican, promete el paraíso al buen ladrón, y expira orando: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23:45).

Es un gran consuelo saber que Jesús sigue rezando por cada uno de nosotros. El Papa nos invita a ser valientes y decirle a Jesús: “Tú estás rezando por mí, sigue rezando que lo necesito”. Y al final de la oración, al final de la vida, nos encontraremos que hay un Padre que nos espera a todos con los brazos abiertos de par en par.

Pbro. José Martínez Colín
articulosdog@gmail.com

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