Puertas abiertas

Puertas abiertas, escribe Ricardo Monreal Ávila

Dedicado a José Manuel del Río Virgen, quien lleva 110 días injustamente privado de su libertad.

El grado de efectividad de una prisión es medido por su capacidad de evitar que alguien salga de ella antes de tiempo. Sus mecanismos de contención impiden que llegue al exterior lo que pasa al interior, y ello explica que el acceso sea restringido y el secretismo de lo que ahí sucede, alto. Estas características han convertido a muchas de ellas en lugares poco transparentes, que crean una realidad intramuros.

A finales del siglo XVIII, Jeremy Bentham creó la arquitectura carcelaria conocida como panóptico, que permite, desde una torre central, que un solo custodio pueda observar a todas las personas recluidas, sin que éstas sepan si son vigiladas o no. Esta idea fue revolucionaria, porque abrió la puerta a una nueva manera para que las autoridades ejercieran el poder de manera constante, sin necesidad de estar siempre presentes.

Este modelo de vigilancia ha sido una de las bases sobre las que se desarrollaron —y se siguen desarrollando— muchos de los sistemas que tienen como objetivo prevenir el delito, pero que también han servido para espiar y restringir la libertad de personas disidentes en regímenes autoritarios, cuyo castigo, al ser detectadas como amenazas a través del ojo panóptico del Estado, fue precisamente la reclusión en una prisión de alta seguridad.

En 1940, José Revueltas escribió la novela Los muros de agua, para relatar en forma literaria sus dos estancias en la prisión de las Islas Marías: la primera en 1932 y la segunda en 1934.

La Colonia Penal Federal de las Islas Marías fue concebida a principios del siglo pasado como consecuencia de un decreto presidencial firmado en 1905 por Porfirio Díaz. Tras el derrocamiento de éste, el Estado mexicano posrevolucionario utilizó el complejo para encarcelar y torturar a quienes se oponían al nuevo orden, especialmente a quienes militaban, clandestinamente, como Revueltas, en el Partido Comunista.

Pero los espacios cerrados y aislados en México no solamente se limitaron a las prisiones. En el otro extremo, se crearon complejos arquitectónicos en donde lo público se privatizó, para que la élite política pudiera vivir de manera lujosa. Tal es el ejemplo de la otrora residencia oficial de Los Pinos que, sin ser una prisión, sí mantuvo aislada, blindada y protegida a la clase política, alejándola del escrutinio público e imposibilitando que la sociedad pudiera conocer qué sucedía al interior del Gobierno.

En otras palabras, las políticas del pasado eran totalmente de puertas cerradas. Ya fuera en las prisiones o en el Gobierno, a la población se le negaba el derecho a conocer qué estaba pasando. Por ello es altamente significativo que estos espacios encapsulados estén siendo gradualmente abiertos a la sociedad, reconcebidos como espacios públicos.

El decreto porfirista fue abolido por el presidente Andrés Manuel López Obrador en febrero de 2019, con la finalidad de crear en las Islas Marías el Centro de Educación Ambiental y Cultural "Muros de Agua-José Revueltas". Aquella novela quiso dejar ver lo que sucedía al interior de la entonces prisión, lo que no se permitía saber y, al final, su objetivo se ha cumplido con creces.

Hoy, los muros están siendo derribados, y aunque aún muchas puertas permanecen cerradas y todavía hay quienes se encuentran privados de su libertad en forma injusta, debido a los excesos del poder de autoridades locales, como sucede en el caso de José Manuel del Río Virgen, víctima de persecución política, no se debe desistir en la lucha de crear una sociedad realmente fraterna, libre e igualitaria.

 

Puertas abiertas