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Entre la jaula de bronce y una élite privilegiada: los/as científicos/as de México


En la carta en mención se señala las graves problemáticas presentes y futuras de muchos centros de investigación (CI) que con las nuevas políticas de austeridad ponen en riesgos funciones prioritarias. Se dice que los recortes de personal y presupuestal para fines de la investigación menguan la capacidad institucional y gremial para dar frente a los grandes retos nacionales en materia científica. Dando por buena esta advertencia y preocupación, es impostergable que la nueva directora del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) ponga sobre la mesa y pondere a la brevedad dicha situación.

Lo anterior no anula hacer una crítica saludable, contundente y necesaria respecto al quehacer científico del país y por extensión de los mismos de los centros de investigación y educación superior (CIyES). Hay dos fenómenos que han emergido en las últimas décadas que es necesario identificar. Por una parte, la consolidación de una elite de científicos/as, con ciertos privilegios y capacidades diferentes a otros sectores menos favorecidos. Entiendo por elite a un grupo social que tiene acceso a ciertos recursos y posibilidades de decisión en comparación a otros; claro está, hay de elite a elite pero no es el lugar para ampliar sobre esto último. Por otro lado, se ha recrudecido los estándares y exigencias para entrar a esta elite social llamada “los/as científicos/as” del país, y en consecuencia las formas de control y evaluación, paradójicamente también se han recrudecido. Dos textos recientes, difundidos en Nexos, de Roberto Breña y Eugenia Roldan; del COLMEX y CINVESTAV respectivamente, argumentan lo contrario; que los/as profesores/as investigadores/as del país no son un sector privilegiado, y como bien apunta el primero es muy relativo hablar de privilegios en un país tan desigual. Mi argumento justamente parte de este hecho pero con consecuencias distintas.

Bien es cierto que las responsabilidades y tareas cotidianas se han multiplicado para muchos de los/as investigadores/as del país porque no solo se tiene que escribir libros o artículos en revistas de prestigio internacional sino que además se debe impartir clase, dirigir tesis de licenciatura o posgrado, participar en redes de investigación, en congresos, simposios y demás eventos en que se requiera comunicar resultados, y adicionalmente, por si fuera poco, vincularse con sectores sociales. Se ha erigido una jaula que llamo de bronce en la cual la mayoría de los/as científicos/as están constantemente sometidos/as. La evaluación frecuente produce una carga considerable de presión y estrés.

Sin embargo, hay que decirlo también y poniendo sobre la mesa la terrible desigualdad y dificultad para la movilidad social en nuestro país, la capa social de los/as científicos/as se han convertido a la par, y con ello los organismos que los/as cobijan, en una elite privilegiada en función del ascenso social, la capacidad adquisitiva, el nivel de confort y otras ventajas sociales. Si nos detuviéramos en la cara institucional de dicha elite, nos daríamos cuenta que sí se ha cometido abusos y distorsiones con el presupuesto como por ejemplo que el director de un determinado CI tenga chofer y automóvil destinado exclusivamente para su uso personal, o presupuestar alojamientos en hoteles muy caros cuando se asiste a congresos. Y así por el estilo. Las presentaciones de libros o eventos semejantes en algunas de los centros de investigación o de educación superior los realizan con una parafernalia y un presupuesto no justificado.

Hay que decirlo, junto a la carta al presidente es preciso enviar otra a los propios directivos y miembros de la elite científica del país (CIyES). Ya sé que es una exageración pero es también impostergable realizar una re-ingeniería del gasto y jerarquización de prioridades en los CIyES. A la par se necesita más ejercicios de autocrítica de los/as propios/as investigadores/as tanto de ciencias naturales como de las sociales. Considerando que el gobierno federal tiene que hacer un alto en el camino sobre la redistribución y ejercicio del presupuesto, la actual coyuntura es útil para reflexionar en colectivo. No se puede tapar el sol con un dedo, la comunidad científica del país sí está en mejores condiciones que la gran mayoría de la población mexicana, cierto también que dicha situación se vive en lo que he llamado una jaula de bronce. Hay que romper con ambas inercias. Es decir, es preciso combatir la desigualdad social y que el quehacer científico se convierta en un ejercicio libertario, creativo y “desparpajado”.

*Profesor-investigador Cátedras Conacyt adscrito a El Colegio de Sonora.

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