Igual que el personaje de la novela de Voltaire llamado Cándido, que aún en medio de las peores tragedias mantiene siempre el optimismo y cree estar “en el mejor de los mundos posibles”, el presidente Enrique Peña Nieto celebró ayer el triunfo de Donald Trump y, mientras buena parte del mundo y de los mexicanos lo consideraba una “tragedia”, el mandatario —que invitó y dio trato de “estadista” al hoy presidente electo durante su campaña— lo tomó como una “oportunidad” y con marcado optimismo, y confió en que el magnate del discurso racista y antimexicano, que asumirá la presidencia de Estados Unidos buscará “una relación de coincidencias y no de hostilidades, de alianzas y no de conflictos”.

El optimismo de Peña Nieto fue parte de la estrategia con la que el gobierno de México reaccionó a la victoria de Trump. Mientras en muchas partes se hablaba de shock por este resultado y en la misma sociedad mexicana y la opinión pública la noticia desataba pesadumbre y pesimismo ante las amenazas vertidas por el candidato republicano en su campaña, para la administración de Peña parecía ser la “mejor noticia” y, desde muy temprano, a las 7:20 de la mañana, el secretario de Hacienda, José Antonio Meade y el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, trataban de tranquilizar a los mercados, tras la debacle sufrida por el peso la noche de la elección estadounidense. “No habrá medidas precipitadas. La economía está fuerte y estaremos vigilantes”, dijo Meade en un anuncio anticlimático que no mejoró en gran medida la devaluación histórica del peso estimada en 14%.

Momentos después Peña Nieto mandaría tres mensajes desde su cuenta de Twitter felicitando a Trump y ofreciéndole “colaboración y amistad” además de la “sociedad” entre ambos países. Y más tarde, al mediodía desde Los Pinos, el Presidente saldría a completar la estrategia de “aquí no pasa nada”, y en una cátedra de optimismo y con la serenidad de quien ve ganada su apuesta y cumplido su pronóstico, el jefe del Estado mexicano hacía un panegírico del próximo presidente estadounidense y, contra todos los temores expresados por muchos en México y el mundo, Peña externaba su confianza total y absoluta en el agresivo, cambiante, racista, misógino y mentiroso Donald Trump:

“En su discurso de victoria, el Presidente electo expresó su disposición para trabajar con todos, con todas las personas y todas las naciones, buscando coincidencias y no hostilidad, alianzas y no conflictos, y México comparte esta visión”, dijo el mandatario mexicano.

De la llamada que le hizo al futuro presidente aclaró que no hablaron del muro que pretende construir en la frontera con México y que quiere que paguemos los mexicanos. “No lo tocamos. No hablamos más que de ésto (de su triunfo), fue una llamada fundamentalmente de felicitación”, la cual resumió como “amable y cordial”, al tiempo que repetía la intención de trabajar “en una relación de confianza y de futuro” para lo cual dijo haber acordado que se reunirán, primero los equipos, y luego él y Donald Trump —por segunda ocasión— para trabajar una agenda que tenga como ejes la seguridad, la cooperación y la prosperidad.

Veremos que tanto le funciona a Peña Nieto su estrategia optimista que parte del supuesto de que el poder va a moderar y a mesurar a un fascista como Donald Trump, aunque en la experiencia universal el poder no siempre modera y más bien enloquece y marea, especialmente a los que no están preparados para ejercerlo. Por lo pronto el presidente mexicano ha hecho, una vez más, una segunda apuesta política en favor de Trump —la primera la hizo cuando lo trajo a Los Pinos en campaña y lo agasajó en contra del sentir de la mayoría de los mexicanos— y cree “con toda mi capacidad y en cuerpo y alma”, y con cierta candidez, que el magnate presidente será su “amigou” y que a través de esa amistad él defenderá “los derechos, el bienestar y los intereses de los mexicanos, donde quiera que se encuentren”.

El personaje de Cándido o el optimismo de Voltaire, igual que Peña, es capaz de ver siempre el lado bueno de las cosas y encontrar “oportunidades” donde otros ven “tragedias”. Pero después de una vida azarosa en la que es corrido, maltratado, azotado por la inquisición, robado y casi muere en un naufragio, termina por renegar en una frase: “el optimismo es obstinarse en defender con vehemencia que todo está bien cuando está mal”. Pero eso sí, en el final de esa novela del filósofo francés, tras su difícil vida, en la que pasó del optimismo feliz al pesimismo total, al hacer un balance entre la bondad y la maldad de los humanos y del mundo, el joven Cándido concluye: “Lo importante es cultivar la tierra”. Tal vez en eso deberíamos de estar pensando los mexicanos ante la inevitable presidencia de Trump; en vez de caer en el pesimismo fatalista de muchos o en el optimismo y la candidez de nuestro Presidente.

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