La creencia y el mito popular de que “el futuro de México, se decide en Estados Unidos”, nunca como ahora tuvo tanto sentido. Del impredecible resultado en la muy cerrada disputa por la presidencia estadounidense —con toda la tensión e incertidumbre que rodean las votaciones de este martes— depende en buena medida el futuro de la economía mexicana y la agenda que marcará la relación política y diplomática con nuestro poderoso vecino y principal socio comercial. Tratados comerciales, intereses y frontera comunes penden en estos momentos del estrechísimo margen que separa a los dos candidatos presidenciales y puede moverse en dos direcciones, ninguna halagüeña para los mexicanos: la locura antimexicana de muros, deportaciones masivas, frontera militarizada y modificación radical del TLC, con Donald Trump; o el endurecimiento de una agenda política de Washington contra México en derechos humanos, seguridad y corrupción, previsible con Hillary Clinton.

No es casualidad que como nunca en la historia la sociedad mexicana esté a la expectativa de cómo voten los estadounidenses, tanto en las urnas como en los colegios estatales, para elegir a su nuevo presidente y a la mayoría parlamentaria que los gobernará los próximos tres años. La misma expectación que existe en el resto del mundo por los comicios de la nación más poderosa, en México se acrecienta por la vecindad obligada y la marcada dependencia económica, pero también porque en esta elección se define el futuro de más de 34.6 millones de mexicanos que viven y trabajan en Estados Unidos y que representan también una fuente de ingresos y de divisas (5 mil 700 mdd) que no sólo sostienen a miles de familias y municipios enteros del país, sino que, con la caída de la producción petrolera, son hoy la principal fuente de divisas para la economía mexicana.

Paradójicamente hoy México, como pocas veces, se acuerda y voltea la vista hacia los mexicanos que expulsó de su suelo por falta de oportunidades. Y espera de ellos que con su voto —un voto que ni siquiera en su propio país es valorado ni tomado en cuenta— ayude a inclinar la balanza electoral y a definir quién será el próximo presidente no tanto en función del interés de los estadounidenses, sino en función más bien de México y de los propios mexicanos, los que vivimos aquí y los que viven y votan allá. Son esos 34.6 millones de migrantes mexicanos, de los cuales sólo la cuarta parte, unos 8.6 millones son ciudadanos estadounidenses, y el resto se divide entre ilegales nacidos en México y otros nacidos en Estados Unidos y en vías de obtener su nacionalidad, los que fueron blanco de los ataques, injurias y racismo del candidato republicano Donald Trump y fueron ellos quienes pusieron en el centro del debate y de la agenda de estas elecciones al tema de la migración.

También han sido esos millones de mexicanos que, aunque más de 42% de ellos tienen 20 años o más de vivir en Estados Unidos siguen conectados a sus familias aquí, los que motivaron toda una movilización y efervescencia por este proceso electoral también desde territorio mexicano lo mismo desde los medios y la opinión pública, que siguió paso a paso el desarrollo de la contienda y las campañas de Donald Trump y Hillary Clinton, que desde los poderes y el ámbito político nacional, que se involucraron como nunca en los comicios estadounidenses lo mismo con la repudiada invitación de Trump a Los Pinos que hizo el presidente Enrique Peña Nieto, que con pronunciamientos, declaraciones y debates desde el Congreso mexicano, cuyos integrantes llegaron al extremo de ponerse playeras de la señora Clinton y vitorear a la candidata presidencial de un país extranjero desde la mismísima tribuna del Senado, justo a los pies de la frase de Vicente Guerrero que sentencia que “La Patria es Primero”.

Así que, con fervor inusitado e interés inédito, presenciamos desde México, entre la angustia, la incertidumbre y el deseo, que este martes se imponga la cordura. No porque se crea con estulticia e ingenuidad que una candidata es mejor que otro para los intereses de los mexicanos y la relación con nuestro país, porque hace mucho que nos queda claro que “Estados Unidos no tienen amigos, sino intereses”, como dijo John Fullster, secretario de Estado norteamericano allá por los años 50; sino más bien porque, al igual que lo harán este martes en las urnas los votantes estadounidenses, en el dilema de escoger entre un “loco” y una “halcona”, no hay duda que sólo nos queda esperar que gane “el menos peor”. Y para el caso particular de los mexicanos —que no necesariamente para nuestro presidente— esa es la dura señora Clinton.

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