En un artículo reciente, Héctor Aguilar Camín afirma que la opinión pública en México ha logrado cosas importantes y pone como ejemplo que “hace ya algunos años está en el estado de ánimo no tolerar la corrupción y la impunidad, rasgos éstos los más visibles de lo que, hace ya algún tiempo, parece el principio de una revolución moral, que terminará imponiendo sus reglas de decencia y transparencia sobre la vida pública de México”.

Cito este párrafo optimista, porque viene bien con lo que hemos debatido en estas páginas los lectores y su servidora respecto a por dónde se debe comenzar a erradicar los males del país. Según algunos: “La escalera se barre de arriba hacia abajo”, y según otros: “De nada sirve cortar el fruto, hay que limpiar desde la raíz”.
Lo que sostiene Aguilar Camín, podría parecer que se refiere a un cambio que se está generando desde la sociedad, pero no es así. Porque la opinión pública no la compone la sociedad en su conjunto, sino aquellos que tienen forma de expresar lo que piensan, que son quienes escriben o hablan en los medios de comunicación y en otros foros públicos. De hecho, fuera de lo que muestran algunas encuestas, no tenemos idea o la tenemos muy somera sobre el modo de pensar de la mayoría de los mexicanos.
Esto resulta evidente a la hora de elecciones cuando tantos se abstienen, a la hora de movimientos sociales que reaccionan de formas violentas, a la hora en que se defiende a parientes delincuentes.

Sin duda, como bien dice Aguilar Camín, la opinión pública puede conseguir cambios importantes, como estos a los que hace referencia, pues por lo general quienes la componen son ilustrados que luchan por mejorar lo que les parece que no sirve. Gracias a ellos, se han logrado avances como la libertad de expresión, bajarle a la represión, que se respeten los derechos humanos, la preocupación por el medio ambiente, hacer elecciones limpias, insistir en la transparencia. Pero eso no necesariamente significa que la sociedad esté involucrada. José Luis Martínez decía lo contrario: que todo lo que tenemos se había hecho gracias a la decisión de una minoría, “a despecho de la inercia popular y con ostensible oposición de los mexicanos”.
Entonces, una cosa es la opinión pública y otra es la sociedad mexicana.
Pongo un ejemplo: hace unos días se publicaron en un diario de circulación nacional dos cartas firmadas por intelectuales y artistas, en las que se manifiesta inconformidad por la instalación de una empresa de televisión en una zona residencial y por construir un edificio muy alto en una zona en que está prohibido.
Las dos misivas aseguran que los permisos se consiguieron por la corrupción gubernamental.
Ninguna menciona que para que eso fuera posible, es porque los empresarios participaron de dicha corrupción y porque los vecinos no actuaron para impedirlo (como lo hicieron en otros casos como el corredor cultural sobre la avenida Chapultepec o el edificio que quería construir la Semarnat en los Viveros de Coyocán).
Lo que estos ejemplos ponen en evidencia no es solo que nuestras autoridades son profundamente corruptas, algo que sabemos bien, pero que la sociedad participa de esa corrupción sea por entrarle, sea por hacerse que no ve, sea por no actuar. Y que quienes se quejan de eso son los ilustrados.
Respecto al tema que hemos venido debatiendo, resulta claro que no se trata de qué es primero, si de arriba para abajo o de abajo para arriba, sino que, como lo he dicho en este espacio y en libros publicados en el 2008 y en el 2014, si queremos cambiar las cosas, el trabajo tiene que ser simultáneo: vigilar y balconear a la autoridad corrupta y responsabilizarnos también nosotros como sociedad, pues como dice un estudioso: “La comunidad es fundamental para identificar y tratar los problemas e incluso para conseguir erradicarlos. Sólo cuando hay fuerza social se pueden resolver los problemas”.

Escritora e investigadora en la UNAM
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