Después de una agónica y sucia batalla por el poder en Estados Unidos, “sorpresivamente” Donald Trump ganó la elección estadounidense. Resultaba patético comprobar la mal disimulada molestia y el desconcierto en la mayoría de medios masivos de comunicación, que “no se esperaban” tal desenlace. Independientemente de si a uno le gustaba Trump, prefería a Hillary o francamente no se identificaba por ninguno de los dos, teniendo que decidir, según la clásica expresión, entre “morir de sida o de cáncer”, la victoria republicana lanza un claro mensaje a los medios de comunicación, a los grupos de poder, a las encuestadoras y, de rebote, a toda la población.

¿Cuál es ese mensaje? En realidad es muy sencillo, obvio; las buenas madres se lo enseñan a sus hijos de pequeños: cuando comienzas a mentir, terminas por creerte tus propias mentiras, pero tarde o temprano te das de topes con la dura realidad. Resultó evidente, por los resultados de la elección, que las predicciones, las encuestas, lo que decían los medios de comunicación no se cumplió. “Sorpresivamente” la gente eligió algo diferente de lo que los medios de comunicación y los grupos de poder les habían indicado que deberían elegir. Fue una derrota, digámoslo así, de lo “políticamente correcto”, de lo que “deberíamos elegir”. No estoy a favor de Trump, estoy en contra de que nos dicten lo que tenemos que pensar y hacer. El voto escondido, aquellos que temían manifestar su preferencia por la “presión social y mediática”, por ir en contra “de lo que todos dicen” se mostró apabullantemente superior.

La victoria republicana manda un claro mensaje a los medios de comunicación, les invita a realizar un hondo examen de conciencia, para ver si realmente están cumpliendo su función o se están extralimitando. Es decir, el periodismo ¿refleja la realidad?, ¿es un espejo de la sociedad?, o por el contrario, manipula la realidad. Busca describir lo que hay o pretende transformar esa realidad, encauzarla, orientarla en una dirección concreta. ¿Cuál dirección? La que le dictan los grupos de poder, los pequeños cenáculos desde donde se establece lo que está bien visto pensar, decir o hacer. En definitiva, se trata de ver a quién le deben fidelidad, a la verdad y con ella al pueblo, a la gente normal que en principio deberían servir o, por el contrario, al mejor postor. La victoria de Trump evidenció el divorcio entre los medios de comunicación y la verdad, mostrando su vergonzosa sumisión a grupos de poder.

Los diarios, digitales o impresos, los noticieros, etcétera, deberían mostrar, lo más llanamente que fueran capaces, la realidad, independientemente si esta última les agrada o les favorece. De hecho, a los destinatarios no nos interesa lo que piensan los periodistas, sino lo que sucede, y buscamos sus servicios con esta intensión, enterarnos de lo que pasa. Por el contrario, hemos sido testigos, y lo seguimos siendo por las reacciones de sorda cólera que muestran sus comentarios, de que no es así. Han abandonado el ideal, ciertamente inalcanzable en toda su pureza, de la imparcialidad. Se han adjudicado una función que nadie les ha concedido: no reflejar la realidad sino dirigirla en una dirección bien concreta, predeterminada, que beneficia a ideas y grupos de presión específicos. Muchas veces no se ve el desfase, pero tarde o temprano la verdad sale a la luz, dejándolos en bochornoso desconcierto.
Las personas normales es fácil que confundan la realidad, lo que pasa, lo que piensa la gente con lo que están diciendo los medios de comunicación. Al fin y al cabo ellos ofrecen una visión panorámica, una perspectiva, aglutinan la información. Por eso muchas veces estas personas se encuentran indefensas ante la desinformación ofrecida por los medios de información. Por ello, por ejemplo, callan la intención de voto, se da el “voto escondido”, porque los medios les han hecho creer que la realidad es otra, diferente de la que realmente es. La victoria de Trump muestra que no solo la gente común fue engañada, sino que los propios medios de comunicación se creyeron su engaño, realmente pensaron que la realidad era como ellos decían; que por decreto se construye la verdad. Olvidaron lo que muchas veces callaron, lo que no dijeron, las veces que se hicieron de la vista gorda, silenciaron datos, exageraron otros, o sencillamente miraron hacia otro lado. Las veces que condenaron al silencio a las opiniones, los hechos, las realidades que no favorecían sus propios puntos de vista. Hoy todo eso les pasó factura, esperemos que aprendan la lección.

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