Uno de los temas más duros a los que ha tenido que hacer frente la Iglesia a lo largo de su existencia bimilenaria es la pedofilia clerical. Quizá nunca, como a comienzos de este siglo, de este milenio, se ha encontrado la Iglesia con lo que podríamos denominar, su cara más fea. Es verdad que san Juan Pablo II durante la famosa “purificación de la memoria” pidió perdón por las faltas que habíamos cometido los hijos de la Iglesia a lo largo del último milenio: la inquisición, las cruzadas (en lo que tuvieron de abuso), la parte de responsabilidad que habíamos tenido en el antisemitismo… Pero todo ello, siendo lamentable, se entiende en su contexto. Los hombres de la Iglesia somos -no podría ser de otra manera- hombres de nuestro tiempo, con sus timbres de gloria, pero también con sus limitaciones. Pero la pedofilia es diferente: es, ha sido y será siempre algo simplemente aberrante.

Es verdad que no solo han sido sacerdotes y religiosos los victimarios, es cierto que los culpables representan un porcentaje muy pequeño del cuerpo sacerdotal, es verdad que resulta más frecuente entre miembros de la misma familia o profesores. Sin embargo, todo ello sumado no quita que el delincuente sea sacerdote, siendo entonces el delito escandalosamente grave por lo que es, por lo que representa, por la confianza que despierta en el pueblo fiel, por el daño que causa a la fe sencilla de ese pueblo. Debido a lo anterior, con inmensa vergüenza y determinación a la vez, tanto Benedicto XVI como Francisco han plantado cara al problema, han pedido humildemente perdón a las víctimas, han iniciado un proceso de purificación y tolerancia cero, con el deseo sincero de erradicar esta lepra del cuerpo eclesial.

Pero Francisco quizá haya ido un poco más allá. Hombre de gestos elocuentes, ha decidido prologar un libro que relata a un tiempo la triste experiencia de un niño abusado por un sacerdote, su proceso de sanación y el drama del perdón:

“Le perdono padre. Sobreviví a una infancia rota”, de Daniel Pittet cuenta los abusos sufridos entre los 9 y los 12 años, de 1968 a 1972. De hecho, no se ha limitado a prologarlo, sino que animó al autor a publicar lo que originalmente había escrito exclusivamente para su uso personal. El resultado es un libro impactante, pues aúna al horror y la crudeza del relato, el testimonio del doloroso y difícil proceso de sanación, así como una madurada y matizada reflexión sobre esta triste problemática. Este último extremo no es sencillo, pues difícilmente puede hablar desapasionadamente del tema quien lo ha sufrido en carne propia, y ahí estriba quizá su mayor mérito, pues se trata de un estremecedor testimonio del poder del perdón.

En efecto, Pittet insiste en cómo ha sido el perdón quien le ha permitido mirar con serenidad los eventos trágicos, superarlos, seguir con su vida. No ha sido fácil, ha estado en terapia durante veinte años, ha tomado contacto con personas que han perdonado habiendo sufrido cosas peores (como una madre ruandesa que perdonó a quien masacró a su familia), pero al final ha salido adelante y ahora es padre de cinco hijos y un profesional competente. Reconoce, por ejemplo, que el 99 % de los sacerdotes son fieles a su ministerio, y que a él particularmente muchas personas religiosas le han ayudado enormemente a salir adelante.

El libro goza de una particular fuerza, pues al prólogo del Papa y a la cruda narración del crimen, así como el relato del duro proceso de curación, sigue el estremecedor testimonio del delincuente. En efecto, para Pittet el perdón va en serio, hasta el punto de afirmar: “Yo le perdono y he construido mi vida sobre el perdón” y “gracias a ese perdón no me siento atado a él, ya no estoy bajo su dependencia”. No son palabras vacías: el 12 de noviembre de 2016 se entrevistó con el agresor, que estaba humanamente destrozado, y no era para menos, pues reconoció haber abusado de ciento cincuenta menores, de los cuales ocho terminaron quitándose la vida. La obra de Pittet nos permite asomarnos a un tiempo a la sima de la perversión humana en la pedofilia y a la cima de la grandeza humana con el perdón. El prólogo de Francisco le da la difusión que merece tan valiente y valioso testimonio, mostrando además que la Iglesia no teme afrontar su rostro más feo, para pedir humildemente perdón e iniciar decididamente el proceso de purificación. Siguen siendo válidas las palabras de Maestro: “la verdad os hará libres”.

***

PENSAR EN CRISTIANO

P. Mario Arroyo
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.