Varios lectores respondieron a mi artículo de la semana pasada explicándome lo que tengo que hacer para que funcione el “tag” para el segundo piso.

Por supuesto les agradezco su amabilidad, pero no era ese el sentido de mi artículo. Quienes me leen saben que no uso el espacio generoso de El Universal para hablar de mi persona, sino de lo que sucede en el país. Es más, la historia que conté, como tantas que he relatado, no me sucedió a mí, sino a ciudadanos que me las cuentan y que para protegerlos las transformo a la primera persona. Elijo historias que les sucedan a muchos, es decir, que sean un problema o una necesidad colectiva.

Por eso no se trata de que yo resuelva mi problema, sino de que todos resolvamos un problema que es de todos. Hablé de corrupción y engaño por parte de empresas, gobierno y personas, para sostener mi argumento de que esas conductas no son privativas de algunos, sino sociales. Y por lo tanto, como he dicho, es colectiva la responsabilidad de combatirlas.

La persona a la que le pasó lo que relaté se tomó la molestia de buscar al vendedor que lo engañó y de presentar una denuncia de hechos ante la empresa y ante la instancia jurídica correspondiente. Muchos se rieron de él, con el argumento de que hay demasiadas cosas importantes como para ocuparse de esas tan insignificantes. Pero no son insignificantes y es precisamente eso lo que nos quieren hacer creer: que lo que nos sucede a diario a los ciudadanos no es importante comparado con la violencia y la corrupción grandes.

Y sin embargo, según los especialistas en el tema, los delitos de la delincuencia organizada son 1% de los que se cometen en el país, la gran mayoría son delitos del fuero común. Por lo que se refiere a la corrupción, como escribe Carlos Puig: “18% del ingreso de cada familia se gasta en pequeños y no tan pequeños actos de corrupción: desde la cantidad que cada semana hay que darle al de la basura para que se la lleve, hasta el trámite cotidiano de pagar por estacionarse o porque el policía no levante una infracción, para que el que mida el agua no invente que tiene que cambiar el medidor o para que el funcionario de la ventanilla haga su trabajo”.

Esto es lo que quise decir la semana pasada, esto es lo que he venido escribiendo aquí durante varias semanas y durante muchos años: ¿Dónde está la frontera entre lo chico y lo grande? ¿Qué tanto es tantito?
La respuesta de los lectores me preocupa porque tiene otro trasfondo: que todo lo que pensamos sea sólo desde nuestra situación personal. Lo comenté ya también en este espacio: cuando hablo de una sociedad que se beneficia de la delincuencia o que participa de la corrupción, muchos se enojan y me dicen “yo no”. Pero no hablo de usted o de mí, hablo de todos nosotros, de la sociedad. Sin embargo, en estos tiempos nos es difícil entenderlo porque vivimos en una cultura en la que cada quien solamente está preocupado en cómo le hago yo para lograr lo que quiero. Nuestro tiempo y esfuerzo están puestos en eso, o como dice Nicolás Alvarado: “Nuestro conocimiento más profundo, nuestra pasión devastadora, nuestro compromiso irrestricto, es con el yo”. Y el mundo refuerza esto cuando dice que lo único importante es que yo sea feliz, porque yo lo valgo, porque yo me lo merezco. Los demás, el pasado, el mañana, el país, no tienen importancia.

Esta cultura del individualismo comenzó en el siglo XIX, pero su desarrollo como lo conocemos hoy se dio a partir de los años setenta del siglo pasado, y nosotros la importamos tal cual de los vecinos del norte.
El próximo martes veremos uno de los resultados más funestos de este modo de pensar cuando, gane quien gane en Estados Unidos, esa sociedad va a quedar irremediablemente dividida y peleados todos contra todos, porque a nadie le importó pensar en los otros, en el país, en el mañana, sino solamente en el yo, aquí y ahora.

Escritora e investigadora en la UNAM
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