Como todos los años, el 2 de noviembre, y por extensión el resto del mes, nos invita a reflexionar sobre la muerte y a recordar a nuestros difuntos. La sabiduría popular ha sabido crear una cierta familiaridad con esta dura e indudable realidad, quitándole un poco sus tintes trágicos, para hacer incluso de ella, en medio de su dureza, ocasión de fiesta. Si esta realidad, paradójicamente, se vive desde la óptica de la fe, se vuelve incluso fecunda y rica para la vida.

No encierra la consideración de la muerte, como erróneamente piensan algunos, desprecio de esta vida. Por el contrario, nos ayuda a valorar cada instante, precisamente porque sabemos que son limitados, no sabemos cuánto tiempo nos queda y no existe “repetición instantánea”, es decir, el tiempo perdido no se recupera jamás. Nuevamente la perspectiva de la fe nos añade otro aliciente: con esta vida nos ganamos la otra Vida, con mayúscula, la cual no solo es tan real como la que ahora vivimos, sino, si cabe, aún más, pues a diferencia de la actual, no conoce ocaso.

Ya importantes pensadores como Martin Heidegger, desde una perspectiva puramente filosófica, consideraba la huida de la muerte, típica de la cultura hodierna, como una vida inauténtica, superficial. Encarar, por el contrario, esta verdad inevitable, nos enfrenta de lleno a la pregunta sobre el sentido de nuestra existencia, pregunta que no deberíamos soslayar, no vaya ser que, como decía san Agustín: “corres bien, pero fuera del camino”. La reflexión sobre la muerte enriquece a nuestra vida, nos empuja al examen valiente, a reconocer nuestros errores y fracasos, a enderezar el rumbo.

La mística cristiana, fruto de una fe madura, se debate entre el deseo de la muerte y el deseo de la vida. El deseo de estar con Dios compite con el deseo de servir a Dios y a nuestros semejantes. En cualquier caso nos descentra de nosotros mismos, para descubrir que el sentido de nuestra existencia no se agota en nuestra individualidad, sino que se proyecta en un más allá y en el servicio que prestemos a los demás, en lo que dejemos a “los otros”, a la familia y la sociedad. Quizá lo exprese en forma inigualable san Pablo: “Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y morir una ganancia… pero quedarme en esta vida es más necesario para vosotros”. Más poética, como siempre, resulta santa Teresa: “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.

La consideración de la muerte no se agota en reflexionar sobre la propia, lo que frecuentemente olvidamos, siendo, sin embargo, de lo único que podemos estar totalmente seguros. Se proyecta también al misterio de la muerte de los demás, aquellas otras muertes de las cuales somos testigos pasivos y sufrientes, las de nuestros seres queridos. Nuevamente la óptica de la fe nos llena de esperanza y nos permite llevar el duelo con una honda seguridad. La realidad del más allá no es un cuento fácil inventado para igualmente fáciles pero falsos consuelos. Es, simple y llanamente, la realidad. No solo eso, sino que se establece un misterio de profunda comunión entre este mundo y el otro gracias a la fuerza de la oración. A nuestros difuntos no les sirve que lloremos por ellos (nos sirve a nosotros de desahogo), lo que les sirve es que recemos por ellos, por más que alguno esboce una sonrisa condescendiente e irónica.

Resulta oportuno, a este respecto, el reciente documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la cremación y sepultura (Instrucción Ad resurgendum cum Christo). Como va siendo habitual, muchas personas que no practican han experimentado un escándalo farisaico a toda regla, como si fuera una medida para obtener más dinero, para esquilmar póstumamente a las ovejas, bajo pena de negarles los servicios religiosos. “El buey cree que todos son de su condición”, quien sólo piensa en términos económicos proyecta en los demás su prejuicio. Si uno lee el breve pero rico texto, no encuentra motivaciones económicas sino teológicas: la vocación de eternidad que tiene el cuerpo humano por el dogma de la resurrección, el valor de la oración por los difuntos, subrayado por el dogma de la comunión de los santos. Ambos los recordamos, quienes sí asistimos a misa, todos los domingos en el Credo.

No es un negocio velado porque muchos cementerios y columbarios no son propiedad de la Iglesia, y si uno opta por derramar sus cenizas en el mar, por preferir que lo coman los peces a los gusanos, aunque no está “recomendado”, si puede tener exequias, pues sólo se niegan a quien lo hace “por razones contrarias a la fe cristiana”. Si mis motivos son estéticos, pueden celebrarme la misa.

 

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