A cada paso el nacimiento y la muerte se fusionan constantemente. En el Día de Muertos hasta los niños pequeños se atragantan con calaveras de azúcar cristalizada y ataúdes de chocolate y se divierten con juguetes en forma de esqueletos. Los mexicanos despreciamos a la muerte, nos reímos de la muerte, nos comemos a la muerte y la muerte camina a nuestro lado con miedo.

México es un país rico en cultura y tradiciones. El tema de la muerte han logrado desarrollar una serie de ritos y tradiciones ya sea para venerarla, honrarla, espantarla e incluso para burlarse de ella.

Los orígenes de la celebración del Día de Muertos (llamada Tzompantli) en México, son desde la época precolombina. Hay registro de celebraciones en las etnias mexicas, maya, purépecha y totonaca. El Día de Muertos se conmemoraba el noveno mes del calendario mexica, cerca del inicio de agosto, y se celebraba durante un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacihuatl, conocida como la "Dama de la Muerte" (actualmente relacionada con "La Catrina", personaje de José Guadalupe Posada) y esposa de Mictlantecuhtli, Señor de la tierra de los muertos. Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

Para estas civilizaciones el culto a sus muertos no terminaba en el sepulcro, para ellos era la continuidad del ciclo cósmico, ya que sus seres queridos fallecidos gozaban del permiso de los dioses para retornar en forma espiritual al mundo terrenal. Para ello se preparaban con tiempo para recibirlos, dedicándose a la caza de animales y aves silvestres para la elaboración de exquisitos alimentos que junto con otras ofrendas se colocaban sobre una mesa rústica, que acondicionaban como adoratorio formando una figura escalonada o piramidal, generalmente de siete o nueve niveles, colocando los ofrecimientos, de acuerdo al gusto que en vida tenía el finado o finada. El sagrado lugar era ornamentado con ramas y flores silvestres como el guie biguá o cempasúchil, conocida también como flor de muerto, y perfumado con incienso de copal–aroma de los dioses–, frutas de la temporada: limas, manzanas y naranjas, y por su puesto lo que nunca debe de faltar, las bebidas embriagantes (pulque) que han acompañado al ser humano desde su existencia, ayudándole a embotar del alma ese dolor y porque no, también ensalzando su euforia.

Según las creencias de los mexicas, el ritual consistía en poner al que moría todo lo que se pensaba que iba a necesitar en su viaje al reino de la muerte: el Mictlán. El muerto hacia este recorrido acompañado por un perro (xoloitzcuintle). En su trayecto tenía que viajar por un río y padecer siete peligros. Los mexicas rendían culto a sus dioses mediante ofrendas, sacrificios humanos y comida. Una bebida destacada es el pulque para saciar la sed de los dioses, y se creía que teniéndolos contentos nada malo les iba a suceder.

Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios... La indiferencia mexicana hacia la muerte se nutre en su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente postula la intrascendencia del morir, sino la del vivir... Morir es natural y hasta deseable; cuanto más pronto, mejor... El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos (Paz, 1961: 57).

Médico Psiquiatra. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.