En nuestro México, secularizado y laicista, resulta difícil comprender lo sucedido hace apenas unos días en Perú (el 21 de octubre). Pedro Pablo Kuczynski, el presidente elegido hace pocos meses, consagró el país al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, pidió perdón a Dios por las veces que él u otros gobernantes hayan transgredido los Diez Mandamientos y ayuda para gobernar bien. Ciertamente, incluso en Perú fue sorpresivo, nadie se lo esperaba, no sólo por lo inusual del gesto, sino porque los actos del novel gobierno han ido más bien por otra línea. La consagración tuvo lugar durante el “Desayuno nacional de oración”, es decir, una reunión de beneficencia católica en la que participaban empresarios y políticos peruanos, y a la que el presidente asistió por primera vez. En lugar de las usuales palabras de ocasión, el presidente optó por realizar un solemne acto de consagración de su persona, su familia y el entero Perú.

A diferencia de México, que ha quedado estructuralmente marcado por las Leyes de Reforma y las luchas entre liberales y conservadores durante el siglo XIX, cristalizando todo ello en una constitución laicista y en un divorcio profundo entre la Iglesia y el Estado, en Perú el escenario político e histórico ha favorecido una rica cooperación entre ambas instituciones. De hecho, la Constitución invoca a Dios en su preámbulo y, garantizando la libertad religiosa, reconoce también el papel positivo que la Iglesia ha desempeñado en la formación del país y la fructuosa colaboración que tiene con el estado. Es decir, se trata de una constitución más apegada a la realidad del pueblo y su cultura, menos contaminada ideológicamente, no sometida a los principios de una élite intelectual.

Todo ello explica, por lo menos, que tal acto de consagración sea posible, no resulte descabellado e insólito (como sería en el nuestro). A ello se une, además, el empeño que el presidente ha puesto para mostrar su condición de católico, participando en la Misa en honor a santa Rosa de Lima, patrona del país, o en la del Señor de los Milagros, principal devoción del Perú, análoga a lo que sería la Virgen de Guadalupe en México. Es habitual, por ejemplo, que el presidente, el congreso y el alcalde de Lima rindan cada año homenaje al Señor de los Milagros en alguna de sus multitudinarias procesiones. Otra característica del país es que cada año se celebra el día de la independencia con una Misa y Te Deum presidida por el cardenal de Lima a la que asiste el presidente. En la homilía el cardenal suele aprovechar la ocasión para subrayar lo que expresamente le interesa transmitir al presidente.

Ahora bien, la sorpresa viene también porque en apenas 100 días de gobierno, la administración encabezada por Pedro Pablo Kuczynski ha tomado decisiones diametralmente opuestas a los principios defendidos por el catolicismo. Es decir, por un lado se hace ostentación de presencia en actos religiosos, llegando incluso a consagrar el país al Sagrado Corazón, pero por otro se adoptan normas contrarias a los principios religiosos (en realidad naturales). En este aspecto, por ejemplo, se ha legalizado el aborto terapéutico, un ministerio de salud quebrado e ineficiente se ha comprometido a repartir gratuitamente la píldora del día después, y están discutiéndose proyectos de leyes, presentadas por el partido presidencial, para ampliar las causales del aborto y legalizar la unión civil entre personas del mismo sexo.

Ante tal esquizofrenia cabe preguntarse. ¿Se trata de un gesto auténtico del presidente? Si así fuera, debería conducir a un claro y decidido cambio de línea en su gobierno. ¿Se trata de un populismo religioso? Es decir, busca hacer ostentación de religiosidad para ganar en popularidad, pues gobierna un pueblo hondamente religioso, y es consciente de que, en realidad, más que elegirlo a él, rechazaron a su oposición en las elecciones. Cuando no hay “pleito” entre religión y poder como en nuestro país, el poder siempre tiene la tentación de instrumentalizar la religión. Cabe un tercer y peor supuesto. Que sinceramente piense que es compatible la incongruencia, que busque justificar su línea laicista de gobierno con gestos marcadamente clericales. En este caso le tendríamos que objetar: "menos consagración y más coherencia”, pues en efecto, nada más nefasto que un católico incoherente haciendo cabeza en la vida pública.