Nosotros sabemos qué es lo mejor para ustedes, le dicen las élites económicas y la clase política a los mexicanos año tras año.


Hay una brutal distancia entre los mexicanos privilegiados y el grueso de la población. Quienes viven en las alturas no tienen ni idea de la vida cotidiana del 99% de sus compatriotas.

El cinismo y la desfachatez no paran: las casas del veracruzano Javier Duarte, en Florida; las propiedades de los tamaulipecos Tomás Yarrington y

Eugenio Hernández, en Texas, donde están acusados de “lavado” de dinero; las mansiones de Roberto Borge, en Playa del Carmen, Quintana Roo; los ranchos de César Duarte, en Chihuahua.

Hace un par de años le pregunté a Luis Videgaray cuál era el principal desafío que él enfrentaba como secretario de Hacienda al elaborar el presupuesto y someterlo a consideración de los legisladores. Él me contestó: conseguir los votos para su aprobación.

Desde el punto de vista formal él tenía toda la razón. Su misión era lograr que le “palomearan” el principal instrumento de la política pública y así informarlo al Presidente de la República.

Desde el punto de vista político, sin embargo, su respuesta se quedó muy corta.

El uso discrecional de recursos públicos apunta a un catálogo de prebendas inamovibles y privilegios enquistados para unos pocos.

La clase política se niega a renunciar a uno solo de sus privilegios mientras receta un nuevo ajuste de cinturón a los mexicanos.

Los medios dan cuenta de que en Estados Unidos está llegando a su fin el ciclo del libre comercio y de la clase media en expansión. Como escribió Marc Bassets en “El País” (Crónica de un derrumbe, 22 octubre 2016), esa nación está fracturada por el poder desbocado de las élites y la desigualdad, aunque sigue siendo la superpotencia preeminente a nivel mundial, que siempre está empeorando y mejorando al mismo tiempo.

Del norte llegan mensajes preocupantes. Gane Hillary Clinton o triunfe Donald Trump nos esperan años especialmente difíciles. Los mexicanos que piensan que mientras crezca la economía estadounidense ya la hicimos, deben revisar sus supuestos. Más allá de las fórmulas protocolarias entre gobiernos, la percepción creciente entre demócratas y republicanos es que nosotros somos incapaces de gobernarnos.

De la “Casa Blanca” a Ayotzinapa, de la impunidad de gobernadores depredadores a la multiplicación de la extorsión, la geografía mexicana está cruzada por caminos sin ley.

El estancamiento de la economía, el castigo a los salarios, la polarización política, la división de clases sociales, el descuido de la educación pública, y las enormes dificultades para tener acceso a la justicia cotidiana siguen allí.

La crisis mexicana no es inevitable. Hay muchos compatriotas que están abriendo brecha para construir un mejor país, pero las cúpulas de la política no están entre ellos.

¿Acaso las luces ámbar encendidas por todas partes servirán para que la gente razonable —que también la hay en los partidos, el gobierno y el sector privado— se decida a desmantelar los privilegios de un puñado de mexicanos y a formular políticas en beneficio de la mayoría de los ciudadanos?

No, si pierde Trump dirán que ya esquivamos la bala y volverán a culpar a los populistas de allá y de acá, a quienes según ellos no entienden de alta política ni de teoría económica avanzada.

En vez de entender lo que pasa y rectificar, conspiran para detener a López Obrador a como dé lugar. “Lo que hay que hacer es decirle a la gente que le va a ir peor con Obrador”, pontifican en los restaurantes de postín.

Los usos y costumbres de nuestras élites no han cambiado un milímetro. Cada mañana me despierto con esta convicción: ven la tempestad y no se hincan.