Los ingleses tienen Silicon Fen y Silicon Roundabout, los escoceses tienen Silicon Glen. Berlín se jacta de su Silicon Allee y Nueva York de Silicon Alley.

Pero el cerebro del mundo tecnológico es el ecosistema ubicado en y alrededor de San Francisco. Los emprendedores y los innovadores así como los tecnólogos y los inversionistas de Silicon Valley están ocupados revolucionando casi todos los aspectos de la economía mundial.

Un lugar bautizado con ese nombre por su habilidad en la fabricación de semiconductores a rebosar de silicio está transformando la manera en que las empresas toman decisiones, la gente hace amigos y los manifestantes causan alboroto. Las empresas emergentes tocan a muchas personas, más rápidamente que nunca antes.

Airbnb, una firma nacida hace siete año que ayuda a las personas a convertir sus casas en hoteles, opera en 34 mil localidades y ciudades en todo el mundo. Las empresas “a demanda” como Uber están cambiando lo que significa ser un empleado.

Efectos de la red

Al igual que las grandes plataformas como Google, Facebook y Apple se benefician de los “efectos de red”, porque cada nuevo usuario hace al servicio más valioso para todos los demás, así el éxito de Silicon Valley como un sitio para el lanzamiento, financiamiento, búsqueda de personal y venta de una firma tecnológica se alimenta a sí mismo.

Como resultado, el capitalismo estadounidense tiene un nuevo centro de actividad en el oeste. Wall Street era el lugar para buscar fortuna y hacer acuerdos; ahora, cada vez más, lo es Silicon Valley. 

Las compañías tecnológicas del área tienen un valor de más de 3 billones de dólares. El año pasado, uno de cada cinco graduados de escuelas de administración estadounidenses se dirigió hacia la tecnología. 

Jamie Dimon, el jefe de JPMorgan Chase, ha advertido de una creciente competencia para Wall Street. Goldman Sachs celebró en fecha reciente su reunión anual de accionistas en San Francisco.

Conlleva riesgos

La enorme y disruptiva creatividad de Silicon Valley no se ha visto desde la genialidad de los grandes inventores del siglo XIX. Su triunfo debe celebrarse. Pero la acumulación de tanta riqueza tan rápidamente conlleva riesgos.

La década de los 90 vio una burbuja financiera que terminó en un estallido espectacular. Esta vez, el peligro es el hermetismo. Los genios informáticos viven en una burbuja que aísla a su imperio del mundo a cuyo cambio tanto contribuye.

La economía de Estados Unidos sería duramente golpeada por una repetición de la sacudida financiera que siguió al desplome de las empresas punto-com en 2000. Como el índice Nasdaq  está cerca de su nivel más alto registrado, este es un temor común. Afortunadamente, aunque el dinero y el talento están fluyendo hacia Silicon Valley, no hay todavía tanto peligro de un estallido desastroso.

Eso es porque las compañías tecnológicas de hoy no sólo tienen modelos de negocios más sólidos que sus predecesoras punto-com (es decir, muchas realmente generan dinero), sino que también dependen de un grupo más pequeño de patrocinadores financieros.

Las empresas de hoy permanecen en manos privadas más tiempo. Las firmas tecnológicas que empezaron a cotizarse públicamente en 2014 tenían en promedio 11 años de antigüedad; en 1999 esperaban sólo cuatro años antes de enlistar sus acciones. 

Riqueza destruida

Recurrir a inversionistas ricos significa que el riesgo es soportado por personas que pueden permitirse tener pérdidas. Es fácil lamentar la declinación de la compañía públicamente enlistada (aun cuando los fundadores que las enlistan conserven un control firme), pero si las firmas tecnológicas no cumplen sus promesas, los inversionistas comunes tienen menos probabilidad de ver su riqueza destruida.

Seguir siendo empresas privadas permite a los emprendedores evitar los dolores de cabeza que conlleva la cotización bursátil la molestia de los inversionistas activistas, el trabajo pesado del cumplimiento, el ritual de los reportes trimestrales que termina destruyendo visiones. 

En teoría, un grupo pequeño de inversionistas es mejor que una multitud anónima de accionistas para asegurarse de que los administradores actúen en beneficio de todos los dueños de una empresa.

Pero seguir siendo empresas privadas también tiene riesgos. Uno es que las firmas bajo ninguna obligación de hacer público un conjunto completo de cuentas auditadas seguirá estando velada al escrutinio de los analistas y los vendedores en corto y por ello actuar de manera irresponsable.

Capital mal asignado

Los “unicornio” tecnológicos de Estados Unidos –firmas que han alcanzado una valuación de más de mil millones de dólares– tienen un valor de alrededor de 300 mil millones de dólares entre ellas. El peligro de que parte de este capital esté siendo mal asignado es alto.

El otro riesgo es que un círculo afortunado con gran riqueza se desconecte de todos los demás. Para un grupo que reescribe las reglas en una industria tras otra, eso es un peligro especial.

El imperio de los genios informáticos extrae su fuerza de una cultura de tecnoevangelismo que permite a los emprendedores reconsiderar los viejos sistemas y adoptar los nuevos. Muchos residentes de Silicon Valley creen que la tecnología es la solución a todos los males y que el gobierno es sólo una molestia que carece aún de un algoritmo.

Disfrutan sus aplicaciones

Hasta ahora, la relación del público con los magnates tecnológicos ha sido armoniosa en su mayor parte. Los consumidores disfrutan de sus aplicaciones para solicitar taxis, la transmisión continua de música y el software de reconocimiento de voz.

Sin embargo, irrumpir en industrias establecidas inevitablemente resulta en conflicto. Uber es la firma más envuelta en la controversia, ya sea enfrentando en las calles a taxistas con licencias o demandas en los tribunales de sus propios conductores.

Los reguladores europeos también están escudriñando a empresas como Facebook y Google por todo, desde inquietudes antimonopólicas hasta la protección de datos. Y se ha informado que los reguladores estadounidenses están analizando si Apple ha abusado de su influencia en la industria de la música.

Los críticos a menudo proceden de industrias que quieren proteger sus privilegios; el comportamiento agresivo de los genios informáticos a veces es parte de la destrucción creativa que conduce al progreso. Pero esa no es la única fuente de enojo. Silicon Valley también domina los mercados, succiona el valor contenido en los datos personales, y erige modelos de negocios que generan dinero en parte evadiendo impuestos.

Evasión de impuestos

Hay un riesgo de que los consumidores mundiales se sientan explotados y que los efectos de una base fiscal en contracción enfurezca a los votantes. Si se arraiga la percepción de que las enormes utilidades generadas por explotar los datos y el evadir impuestos se cristalizan en las fortunas de unas cuantas personas que viven en una extensión de terreno cercana a San Francisco, entonces habrá una reacción negativa.

Las empresas de Silicon Valley difícilmente son las únicas que presionan contra los impuestos y la regulación. Son libres de operar como les plazca dentro de la ley. Pero corren el riesgo de convertirse en blancos porque son demasiado globales. 

Deberían recordar que la ley puede cambiar. Si quieren un asiento en la mesa de negociaciones cuando suceda, necesitan ser parte de los mercados en los cuales venden, no aislarse de ellos. Incluso las empresas privadas dirigidas por genios necesitan una licencia de la sociedad para operar.

En el mejor de los casos, Silicon Valley es una expresión de la libertad y la creatividad iconoclastas. Sería una terrible pena si se convirtiera en una manifestación impopular y remota de elitismo.

© 2015 Economist Newspaper Ltd, Londres 25 de julio, 2015. Todos los derechos reservados.