Como la economía de Brasil se encamina a una contracción del 1.5 por ciento este año y los empresarios brasileños están más preocupados por la supervivencia que por la expansión, Dilma Rousseff, la presidenta del país, se inclina por fomentar la inversión extranjera.

Me he convertido en una especie de vendedora viajera”, dijo recientemente, entre un viaje a Estados Unidos y otro a Italia.

Rousseff está promoviendo concesiones para mejorar y operar partes importantes de la infraestructura, incluidos aeropuertos, puertos, ferrocarriles y carreteras. Espera atraer 198,000 millones de reales (69,000 millones de dólares) en total, incluyendo 70,000 millones de reales antes de que deje la presidencia, en 2018.

La infraestructura de Brasil es escasa y está deteriorada. El Foro Económico Mundial clasifica al país en el sitio 120 entre 144 países por su calidad en general. Las carreteras y aeropuertos están especialmente en ruinas. La red ferroviaria es de apenas una octava parte del tamaño de la de Estados Unidos, país comparable en tamaño.

Con un gran déficit presupuestario y altos costos de endeudamiento, el gobierno no está en posición de impulsar sus propias inversiones. Así que Rousseff ha dejado de lado sus instintos izquierdistas para cortejar a la inversión privada.

Es palpable el escepticismo entre los financieros, extranjeros y nacionales por igual. El apetito de los extranjeros por los activos brasileños está menguando: la inversión directa extranjera ha bajado de 39,300 millones de dólares en los primeros cinco meses de 2014 a 25,500 millones de dólares este año. Eso pese a una moneda debilitada, 20 por ciento más abajo frente al dólar desde enero, lo cual hace a los activos brasileños más baratos para los extranjeros. Alberto Ramos, del banco de inversión Goldman Sachs, espera solo 55,000 millones de dólares para todo este año, poco más de la mitad de la cifra del año pasado.

En general, la inversión en la economía ha estado cayendo durante siete trimestres consecutivos. Representa apenas 19.7 por ciento del PIB, muy por debajo del nivel en otras grandes economías emergentes.

Carlos Rocca de Ibmec, una escuela de negocios, ha encontrado que entre 2010 y 2014 las utilidades de las firmas no financieras colapsaron de alrededor de 5.4 por ciento del PIB a solo 1.4 por ciento, abrumadas principalmente por los crecientes costos laborales. Si se suma el efecto debilitador del crecimiento de los impuestos más altos y el gasto público recortado – necesarios para equilibrar el presupuesto y evitar una dolorosa degradación de calificaciones _, “es difícil ver cómo van a repuntar las inversiones”, dijo Daniel Leichsenring de Verde, un fondo de cobertura en São Paulo.

La última vez que el gobierno buscó atraer al sector privado con concesiones, en 2012, atrajo una quinta parte de los esperados 210,000 millones de reales, y solo después de que Rousseff renunciara a tratar de microadministrar las tasas de rendimiento. Peor aún, las oportunidades más atractivas, como operar los aeropuertos internacionales de São Paulo y Río de Janeiro, fueron vendidas en esos días.

El gobierno debería tener pocos problemas para encontrar compradores para autopistas y aeropuertos en ciudades medianas. La mayoría ya están construidos y generando efectivo, pero necesitan ser ampliados y operados más eficientemente. Después de casi dos años de deliberaciones, el interventor nacional, vigilante de la responsabilidad gubernamental, finalmente ha aprobado la venta de terminales de carga en puertos propiedad del Estado. Se prevé que las primeras subastas sean este año.

Pero, como antes, la mitad de la inversión esperada está en los ferrocarriles. Los planes parecen sospechosos; especialmente un esquema de 40,000 millones de reales para vincular a Brasil con el Pacífico vía Perú, que será financiado en parte con dinero chino. No ayuda que muchas grandes empresas de construcción brasileñas sean parte de conglomerados inmersos en un escándalo de corrupción que rodea a Petrobras, el gigante petrolero controlado por el Estado.

Además, una mejor infraestructura no es la panacea para Brasil. Como lo señala Dani Rodrik de la Universidad de Harvard, un país donde los servicios conforman más del 70 por ciento del PIB no debería seguir contando como un impulso tan grande para el crecimiento gracias a un mejor transporte como lugares más industrializados.

Para incrementar la decadente productividad y promover el crecimiento futuro, Brasil necesita mejores escuelas, impuestos más sencillos y menos papeleo, no solo más carreteras. Rousseff no ha abordado ninguno de estos aspectos. Hasta que lo haga, Brasil seguirá siendo difícil de vender, tanto nacionalmente como en el extranjero.