La Unión Europea nunca ha visto algo parecido a los últimos ocho días en Grecia: bancos con limitaciones, controles de capital, el primer incumplimiento de pagos al Fondo Monetario Internacional por parte de un país desarrollado, el colapso de un rescate multimillonario, planes para un referendo que pudiera acelerar la salida de Grecia de la moneda única y la miseria de la gente.

Si lo que está en juego no fuera demasiado, todas esas cumbres de emergencia y demandas de último minuto contarían como una farsa. En vez de ello, es una tragedia, en la cual un resultado que todas las partes dicen que no quieren – la salida de Grecia del euro – parece cada vez más probable.

El caos es evidencia de que dejar el euro sería desastroso para Grecia, no menos porque las modestas ganancias producidas por el incumplimiento de pagos y la devaluación serían superadas por la inestabilidad política y económica. Para el resto de Europa también, la salida de Grecia de la zona del euro, la llamada “Grexit”, conlleva riesgos bien ensayados, notablemente el de tener un estado débil en el flanco sudoriental del continente.

El drama

Sin embargo, a medida que el drama se ha vuelto más desesperado, los europeos han parecido menos preocupados. Se consuelan con el hecho de que Grecia es singularmente disfuncional. Los jueguitos y los repetidos cálculos erróneos han envenenado a las negociaciones. Sin Grecia, concluyen ahora muchos, la zona del euro en realidad estaría más estable.

Tristemente, eso es un error. Si se ve más allá de Grecia, más conflicto dentro de la zona del euro es casi inevitable.

Aunque la salida de Grecia probaría que el euro no es irrevocable, nadie sabría cuál violación de las reglas conduciría a su expulsión. Ni resolvería la inevitable polarización de los gobiernos deudores y acreedores en los rescates. Si la moneda única no enfrenta la necesidad de reforma, entonces esta crisis o la siguiente serán testigos de más Grecias, más torpezas y más semanas deprimentes. Con el tiempo, eso causará estragos en el euro y en la propia UE.

Por el momento, este argumento se ve oscurecido por el gobierno del ultraizquierdista partido Syriza de Grecia y su absurdo referendo. Suponiendo que suceda, la votación del domingo pedirá a los griegos evaluar el plan de reestructuración de los acreedores, que ya no está sobre la mesa de negociaciones, y su análisis de sustentabilidad de la deuda, lo cual requiere un título en economía. El Primer Ministro Alexis Tsipras dice que un voto por el “No” fortalecerá su posición ante los acreedores y por tanto ayudará a mantener a Grecia en el euro. Los líderes europeos responden que un “No” de hecho es un voto a favor de salir.

Un futuro incierto

Después de un voto por el “Sí”, Tsipras podría aferrarse al poder o, si renunciara, Grecia podría reelegir a Syriza, pero ambos han hecho campaña a favor de votar “No”. No es un momento brillante para el país de Platón.

De vuelta en el mundo real, Grecia se está quedando sin dinero. El Banco Central Europeo se niega a dar a los bancos del país más liquidez y estos están tambaleándose. Si Grecia incumple el pago sobre 3,900 millones de dólares de pagos de bonos adeudados al BCE el 20 de julio, crecerá la presión para que se le retire incluso el respaldo de hoy. El gobierno pronto empezará a pagar sus cuentas con pagarés que, con el tiempo, se volverán una moneda paralela.

Cada paso hace a la Grexit más probable. Además, que Grecia regrese a la normalidad requerirá aun más esfuerzo y habilidad, y la falta de ambos en Tsipras es parte de la razón por la cual su país está tan perdido.

La ineptitud de Tsipras es su propia culpa, pero ni la elección de la mezcolanza de izquierdistas de Syriza en enero ni su política arriesgada fue un accidente. El PIB griego se contrajo en una cuarta parte durante los últimos cinco años, el desempleo es de más de 25 por ciento y el desempleo juvenil ha superado el 50 por ciento.

Cálculo erróneo

Se debe culpar en parte a la austeridad impuesta por los acreedores que, especialmente en los primeros años, buscaron reducir el déficit presupuestario de Grecia demasiado y muy rápidamente. Grecia eventualmente empezó a crecer de nuevo, pero la crisis desacreditó al sistema. Syriza llegó al poder con base en la fantasía de que los griegos podían poner fin a sus penurias y también ser bienvenidos dentro del euro. Tsipras pensó que tenía poder de negociación y, conforme ha desaparecido, se le ha visto cada vez más errático.

Su cálculo erróneo es provocado por la tensión en el corazón del proyecto del euro. Tsipras creyó que era inevitable que los acreedores cedieran porque están decididos a que el euro permanezca unido. Sin embargo, los acreedores no se dejarían chantajear para subsidiar una delincuencia incesante porque son inflexibles en que el sistema debe tener disciplina. Tsipras negoció como un líder soberano con un mandato democrático, pero los líderes del norte de Europa también representan a votantes, y nunca firmaron su aceptación de un sistema de grandes transferencias incondicionales.

La política arriesgada y la crisis son inevitables en ese sistema, y se ven agravadas por la dependencia de la zona del euro de rescates ad hoc, que politizan todas las decisiones. Ponen a un bando contra el otro, engendran desprecio entre los acreedores y resentimiento entre los deudores. Convierten políticas sensatas en concesiones que no deberían ofrecerse a la otra parte hasta el último minuto. No sorprende que el proceso haya fallado: en el momento de la verdad, más de 20 partes negociadoras, todas con vetos, estaban trabajando con agendas diferentes y regateando bajo presión.

La misma espiral en declive es demasiado plausible en una futura crisis: la perdición de la política y la economía mientras las demandas de perdón de parte de naciones deudoras como Italia o Portugal, digamos, zozobran ante las demandas de austeridad de Alemania y Finlandia.

En este momento, los griegos necesitan un nuevo primer ministro. Las relaciones con el tortuoso Tsipras están hechas añicos, y con él a cargo lucharán para permanecer en el euro.

La moraleja

A largo plazo, sin embargo, la zona del euro necesita apuntalarse. Una moneda estable se da a cambio de la soberanía fiscal. Para protegerse contra recesiones, los miembros de la zona del euro deben crear mecanismos automáticos, como un seguro de desempleo colectivo, que canalice los fondos extras a países en recesión. En vez de rescates, el área de la moneda única necesita más conjunción del riesgo y la responsabilidad, alguna forma de “Eurobonos” o una deuda soberana conjuntamente garantizada, regida por normas fiscales más obligatorias que las de hoy.

El bloque sabe que necesita cambiar. Ha avanzado hacia la unión bancaria, y cinco de sus líderes han emitido un documento sobre cómo fortalecer al euro, incluyendo, entre otras ideas, un plan de seguro de depósitos. Sin embargo, sus propuestas son modestas, porque los gobiernos son acosados por populistas contrarios a la UE y sus ciudadanos no se suscribieron al euro esperando ceder mucha más soberanía.

La moraleja del desastre de Grecia es que los europeos deben enfrentar las contradicciones del euro ahora, o sufrir las consecuencias en circunstancias más ruinosas.

© 2015 Economist Newspaper Ltd, Londres 4 de julio, 2015. Todos los derechos reservados.