Cuando Hillary Clinton se enfrentó a Bernie Sanders por la candidatura demócrata a la presidencia, lanzó vigorosos ataques contra Wall Street y el mundo corporativo.

“La prosperidad no puede ser sólo para los directores generales y los administradores de fondos de cobertura”, señaló en un discurso.

Y en otro advirtió: “Ningún banco es demasiado grande para dejarlo quebrar; ningún ejecutivo es demasiado poderoso para no ir a la cárcel”.

La plutocracia se encogió de hombros. Esa no es la verdadera Clinton, decían. Está diciendo esas cosas para congraciarse con los progresistas. Ella es moderada, decían; solo está siendo empujada a la izquierda por Sanders y su aliada en el Senado, Elizabeth Warren. Si Clinton gana, aseguraban, regresará al centro para gobernar.

Y las recientes revelaciones de correo electrónico y otros materiales de WikiLeaks en general tienden a reforzar esa impresión. Detrás de cámaras, según la transcripción de los discursos pagados ante grandes bancos, ella aparece conciliadora hacia la industria financiera. En uno de los discursos, ella dice que culpar a los bancos es “politizar lo ocurrido” e incluso da a entender que los banqueros deberían de participar en el establecimiento de las regulaciones apropiadas. “Ayúdenos ustedes a averiguarlo y procuremos hacerlo bien esta vez”.

Esas ideas, por supuesto, serían anatema para Sanders.

La opinión que esparcen
Pero aunque los detractores de Clinton han esparcido la opinión de que ella está vendida a Wall Street, los documentos de WikiLeaks más bien apuntan a una dinámica diferente. Al lector le conviene echar un vistazo más de cerca no a la transcripción de los discursos _ en los que ella dice muchas de las cosas que supone que su público quiere escuchar _ sino al notablemente revelador intercambio de mensajes entre los miembros de su personal durante la campaña. Si bien la impresión general apunta a que ella es pragmática, los mensajes enviados por su personal señalan que ella se inclinaría a imponer regulaciones en la industria financiera más estricta de lo que se entiende generalmente.

Aquellos a quienes les desagrada su convivencia con Wall Street verán con buenos ojos este pequeño matiz. Para quienes se reconfortan en la familiaridad de Clinton con el mundo de las altas finanzas, el giro a la izquierda que ella parece dar podría ser decepcionante.

En uno de los mensajes, Mandy Grunwald, asesora del equipo de Clinton, señala que, a su entender, en un momento dado del año pasado, “Hillary Clinton dejó su opinión como inclinada a apoyar la ley Glass-Steagall”.

Clinton ha dicho desde siempre que no reinstalaría la ley Glass-Steagall, documento de tiempos de la depresión que separó la banca de inversión de la banca comercial. Esta medida, que sirvió de parapeto de la industria se servicios financieros durante muchos años, fue revocada durante la presidencia de Bill Clinton, a lo que se le atribuye parte de la responsabilidad por la crisis financiera. Que Hillary Clinton haya siquiera pensado en apoyar la Glass-Steagall es una sorpresa, aunque ella nunca examinó detenidamente el asunto. “Entiendo que podrán acusarnos de falsedad si ‘cambiamos’ nuestra posición ahora, pero también nos enfrentaríamos a riesgos políticos”, señaló Grunwald.

Las críticas
En otro mensaje de correo electrónico, este de 2015, uno de los escritores de discursos de Clinton, Dan Schwerin, les dijo a otros miembros de su equipo que se había reunido con Dan Geldon, asesor de Warren. “Él estaba muy concentrado en cuestiones de personal, delineó un caso detallado en contra de la escuela Bob Rubin de políticos demócratas, fue muy crítico de las decisiones del gobierno de Obama y explicó con abundancia la oposición a Antonio Weiss”, ex banquero de Lazard que había sido nominado por el presidente Barack Obama para un cargo en la Tesorería, a causa de las objeciones de la senadora Warren. (Weiss retiró su nominación y después fue asesor del secretario de la Tesorería.)

Schwerin siguió hablando de la reunión con Geldon y la orientación de sus respectivas jefas. “Después repasamos una lista de personas que les caen bien, que Warren le había enviado antes a Clinton. Ya nos pusimos en contacto con muchas de esas personas y le pregunté si se sentiría cómodo presentándome a los demás, para lo cual pareció estar razonablemente bien dispuesto”.

Leyendo entre líneas, es difícil creer que Clinton planee disipar las inquietudes de Warren por el nombramiento de gente de Wall Street en puestos clave del gobierno. Esto significa que es poco probable que, de ganar Clinton, muchas personas con experiencia significativa en Wall Street lleguen a ocupar posiciones de poder. Quizá Schwerin solo estaba actuando a la ligera para calmar a Warren, pero sus acciones y sus palabras parecen más genuinas que eso. Y dijo muy poco para descartar las opiniones de la senadora. (Yo he escrito ampliamente _ quizá para consternación de algunos lectores _ que es tonto descalificar personas del servicio público solo por su experiencia en Wall Street, pero eso es tema para otro día.)

Otro mensaje de Schwerin que ha circulado ampliamente estos días _ por lo general para atacar a Clinton por hipócrita _ puede interpretarse como otra cosa. En él, Schwerin reconoce que en un discurso que dio Clinton en el Deutsche Bank en 2014, “escribió un largo comentario sobre la justicia económica y que la industria financiera ha perdido el camino, precisamente por el propósito de tener algo que mostrar a quienes llegaran a preguntar qué ha estado diciendo ella a puerta cerrada durante dos años ante todos esos peces gordos”.

La desventaja
Después explicó que si se diera a conocer ese discurso, “la ventaja sería que si le dijeran que ella está demasiado cerca de Wall Street y que ha recibido mucho dinero de los banqueros, podríamos señalar la evidencia de que ella no teme hablar con la verdad ante el poder. La desventaja sería que podría ser presionada para dar a conocer la transcripción de todos sus discursos pagados, lo que sería menos útil aunque probablemente no desastroso”.

El mensaje revela lo interesado que estaba su equipo en la forma en que Clinton es percibida. Y eso plantea preguntas éticas de si su equipo de campaña esperaba engañar al pueblo sobre lo que ella había dicho.

Pero incrustada en esos mensajes está referencia informal de Schwerin a los “peces gordos”. El término, para la mayoría de la gente de Wall Street es peyorativo aunque para el hombre de la calle es una frase inocua. Y nos da una pista de cómo percibe a Wall Street la maquinaria de Clinton. Sí, ella tuvo que seguirles el juego para que le pagaran sus discursos y sus actos de recaudación de fondos, pero de los miembros de su personal nos llega la sensación de que la relación no sería tan de compadres a la hora de gobernar y emitir políticas.

Por último, está esto: si bien Clinton no ha apoyado la Glass-Steagall, sí ha apoyado públicamente la idea de que los bancos deben de pagar una “cuota de riesgo” basada en su tamaño. En otro de los intercambios de correo electrónico que se desenterró, Gene Sperling, otro asesor de Clinton, calcula que esa propuesta podría significar que Goldman y JP deban 8,000 millones o 18,000 millones de dólares”. Un cobro tan considerable sería una enorme sorpresa en Wall Street.

Quizá todos esos mensajes intercambiados no sean más que pláticas hipócritas. Y quizá es con eso con lo que esté contando Wall Street. Pero la hipocresía puede ir en los dos sentidos. (Andrew Ross Sorkin / DealBook)

© The New York Times 2016