MARTÍN HOLGUÍN
Don Luis Colosio Fernández y su legado
Su respuesta fue “¿y yo qué les voy a
platicar?”. Le expliqué que era mucho
lo que podía aportar, que no era
la intención que hablara de las “investigaciones”
del asesinato de Luis
Donaldo, su hijo, sino de cómo había
sido la relación entre ellos, qué
habían hecho él y doña Ofelia para
educar a un niño y joven que no fue
Presidente de la República porque
las balas del odio y el rencor lo impidieron,
unas diez semanas antes
de la fecha en que con seguridad iba
a ser electo.
Con esa sencillez que siempre
mostraba, aceptó aunque me confesó
que no sabía muy bien qué es
lo que iba a decir cuando estuviera
frente a tantos papás de niños en
edad preescolar.
Un lunes en la noche llegó a la
escuela, saludó de mano a casi todos
los presentes (lleno completo,
recuerdo), aceptó una muy breve
presentación y tomó el micrófono.
No, no habló de inscribir a los
hijos a “las mejores escuelas” o cursos
de verano o viajes al extranjero.
Habló de amor, de amistad, de comunicación,
de cercanía, comprensión,
apoyo y, muy importante, nunca cortarles
las alas, nunca decirles que
hay imposibles.
Fue la primera escena que se me
vino a la mente ayer cuando Toño
Astiazarán me habló para decirme
que Dios se había llevado a don Luis
Colosio Fernández. Sentí lágrimas
en mis ojos, de tristeza porque se iba
y de alegría porque había tenido la
fortuna de ser su amigo.
La tristeza
Conocí a don Luis después de aquel
23 de marzo de 1994, cuando en Lomas
Taurinas, un tal Mario Aburto
disparó la bala que dio en la cabeza de
Luis Donaldo. ¿La otra bala?, quién
sabe quién la disparó (desde esa fecha
siempre he pensado que fue un
muchacho de nombre Jorge Antonio
Sánchez Ortega, pero nunca lo quisieron
investigar a fondo).
La tristeza de don Luis se sentía en
su pesado caminar. Antes del atentado
contra su hijo había tenido problemas
cardiacos y después de eso sus males
se fueron agravando. Las penas del
corazón son letales.
Recuerdo que mi mamá decía: “sólo
le pido a Dios que me permita morir
antes que cualquiera de mis hijos”. Y
Dios la quiso tanto que se lo cumplió.
Muchas pláticas con don Luis. No
era hombre de muchas palabras, más
bien sencillo, directo, siempre muy
amable. Cuando hablábamos de Luis
Donaldo eran evidentes su interés en
el tema y el dolor en su mirada.
Me platicó que una vez le dijo a
Ramón, su hombre de confi anza, que
veía algo raro en Luis Donaldo, como
que algo le preocupaba, tuvo el presentimiento
de que algo le iba a pasar.
Dos días después sería el evento de
Lomas Taurinas.
Fue un proceso duro para don Luis.
La certeza de que quienes habían ordenado
el asesinato de su hijo nunca
iban a pagar por ello, traía desesperación.
Pedir justicia se asemejaba a
un clamor en la zona del silencio, los
“autores intelectuales” eran demasiado
poderosos.
La promesa
El lugar de Luis Donaldo como candidato del
PRI a la Presidencia fue tomado por Ernesto
Zedillo, quien hizo una campaña bastante gris;
pero aún así le alcanzó para derrotar a Diego
Fernández de Cevallos.
A los meses de tomar posesión, Zedillo prometió
que iba a resolver el crimen de Luis Donaldo,
que no se detendría hasta dar con quienes
gestaron esta infamia, con quienes no dudaron en
asesinar a un ser humano. Hasta se atrevió a dar
un plazo de 90 días para “resolver el caso”.
Cuando iba a cumplirse un aniversario luctuoso
de Luis Donaldo, recibí una llamada de don
Luis. Era la mañana del 21 de marzo, día festivo
por conmemorarse el natalicio de Benito Juárez.
Lo recogí en el Centro de Gobierno (ahí tenía
su ofi cina como Secretario de Fomento Ganadero).
Subió al carro, me saludó, saludó a Paulina
mi hija que me acompañaba y empezamos
a platicar.
Estaba a punto de irse a Magdalena para ver
cómo iban los avances del evento donde recordarían
a Luis Donaldo. Deseaba complementar
una entrevista que habíamos hecho unos días
antes, que publicaría el 23 de marzo, y a la que “le
faltaba algo”.
Para entrar al tema, le ayudé un poco hablando
del “compromiso” de Zedillo. Ahí fue donde
aprovechó la recta: “Creo que se va a detener
cuando llegue a Córdoba”.
“¿Qué?”, “¿habla usted de Córdoba, de José
Córdoba Montoya?”, pregunté sorprendido. “Así
es”, me dijo.
“¿Usted cree que él pudo haber sido el autor
intelectual del asesinato?”, quise asegurarme.
Don Luis me vio a los ojos, abrió la puerta del
carro, puso una pierna abajo y concluyó: “él fue”.
Bajó del carro con presteza, ahora su paso se
veía fi rme, como que se había librado de algo muy
pesado. Al fi n había dicho lo que pensaba… y la
entrevista ya estaba completa.
Despedida
Hablar a sus hijos, a toda su familia,
del hombre que fue, que
ahora está con Dios, que ya está
descansando, puede sonar a cliché,
un cliché indigno de lo que
fue don Luis.
Don Luis tuvo logros importantes
en su vida, fue un hombre
exitoso, de 1982 a 1985 se desempeñó
como alcalde de su natal
Magdalena y lo hizo bastante
bien.
Cuando iniciamos este bonito
proyecto de EXPRESO, don
Luis no estaba bien físicamente,
necesitaba una andadera para
moverse y aún así vino a las
instalaciones, exclusivamente
a brindar su apoyo y desearnos
éxito.
Fue un detalle inolvidable,
porque pudo poner mil pretextos
para hacer una llamada telefónica,
pero decidió hacerlo
en persona, aunque fuera algo
incómodo. Así era don Luis.
Hablaba de sus hijos con
mucho cariño. Siempre tenía
presente a Marta, a “La Doso”,
Marcela, Claudia, a Víctor
y, claro, Luis Donaldo. Doña
Ofelia fue el complemento ideal
en esa familia, su compañera de
toda la vida en las buenas y en
las malas.
El sábado en la madrugada
falleció don Luis Colosio Fernández.
Fue alcalde, secretario,
senador, pero ante todo un hombre
de lucha, de trabajo. Gracias
por su presencia don Luis. Descanse
en paz.